sábado, abril 24, 2010

Buenas Tardes.
Existen tres tipos de verdades.
La verdad privada, la verdad económica y la verdad política.
La verdad privada afecta a la vida social y familiar de la persona. La verdad económica refiere a lo relativo al activo y al pasivo del individuo. Su debe y su haber. Y por último, la verdad política recoge los derechos y deberes dentro de la sociedad y su sistema de gobierno.
Todo individuo tiene derecho a conocer con exclusividad las dos primeras verdades. La verdad privada y la económica. Sin embargo no tiene derecho a conocer de manera única, la tercera de ellas; la verdad política.
En tanto en cuanto las dos primeras verdades atañen al individuo en su más íntimo gobierno, son únicas e intransferibles. La tercera aún rigiendo al individuo como tal, es pública y colectiva. Comunicada, supervisada y registrada debidamente por terceros arbitrarios o no. Por tanto no puede aplicarse/conocerse a/por todos los individuos.
En aras de un bien común esta verdad, la política, podrá ser y será adecuada al bien general de la colectividad. Dejando así de ser exclusiva.
La verdad política es en realidad verdad Política.






N. del A. Reflexión que compartió conmigo Matías antes de irse a vivir a Munich. Hace muchos años de esto, pero hoy he encontrado el papel en el que anoté todo esto nada más llegar a casa.

miércoles, enero 27, 2010


Conocí un hombre recluido en sí mismo. En su propio odio. Sin temores ni sufrimientos. Huido como digo de sí mismo y sus defectos. Enormes y frecuentes.

Vivió en un torreón. Por supuesto, sin gente. Derruido y decrépito. Deshecho y tremebundo. Estuvo mucho tiempo entre sus muros. Creo que meses, o incluso decenios. Sin horizonte ni consuelo. Incomprendido y por qué no decirlo, solo. Triste. Extinguido de su cuerpo y su ego. Prohibido de ellos. En resumen, depuesto del que fue su futuro.

Este hombre no vivió en el suelo firme. Vivió entre corrientes y tifones. Enemigo de sus cerros y sus vientos. De su luz de doce segundos y medio. De su eterno sinvivir dentro de sus inquietudes. Hundido en lo profundo, en el fondo incógnito que envolvió su porción de infinito. Un infinito suyo por decreto. Por mérito propio. Dueño del infinito que me corresponde. Eso es. Fruto de su tesón y esmero. De todo lo poseído y poseso. Todo entero. Sobrevivido por él mismo y sus medios. Con el desierto de frente, con el fin del mundo del otro extremo. Con el destello eterno y el reflejo del mismo, siempre después de doce segundos y medio.

Un hombre increíble. Que vivió en un faro.


N. del A. - Esta tarde Clara y Santi nos han contado la historia de un tío suyo que vive en un faro en una isla inhabitada frente a Galicia. Esta tarde Javi me ha recordado cuando escribía sin utilizar la letra A. Este texto reúne las dos historias. Menos en la última palabra que me ha parecido demasiado bonita y relevante en la historia como para no ponerla o camuflarla bajo sinónimos. Un beso a todos. Demà supem tots junts altra volta.

sábado, enero 23, 2010


Por un momento imaginen que es verano. Imaginen un coche azul. Azul claro casi verde. Imaginen ahora una carretera desplegándose paralela a la costa, justo por donde avanza ese coche. Piensen en un chico de unos treinta años que todavía no tiene. Y al lado una chica de dieciocho años que tampoco los tiene. Como digo es verano y ambos se dirigen en un coche azul que circula por una carretera negra al lado de un mar también azul. Esa misma noche irán, ella a una tienda de acampada en un camping y él a un hotel-balneario de cinco estrellas. Antes habrán cenado una ensalada, unas cervezas, té y nada de postre. Imaginen el grupo de moda subido a un escenario. Tocando la batería cuatro tíos a la vez. Imaginen que están allí con ellos. Y con diez mil personas más. Imagínense en bañador y camisa de palmeras. Con pistolas de agua rojas transparentes llenas de ron con coca-cola. Sientan el sudor en la parte final de la espalda y primera de los glúteos. Piensen que llevan atuendos estúpidos pero muy divertidos. Como cintas en el pelo, tatuajes hechos con rotulador, zapatillas de colores fluorescentes y sandalias con flores. El chico salta entusiasmado. La chica se sabe todas las letras en inglés. Hay muchos ingleses por cierto. Y luego ella se irá a una tienda de campaña y él a un hotel de cinco estrellas. Con balneario. No cuesta un gran trabajo imaginárselo.

domingo, enero 17, 2010


Celsius. Dos grados por debajo de cero. Farenheit. ¿Cuatrocientos cincuenta y uno? No lo sé pero hace frío. No sé cómo he llegado a odiarte con tanto ahínco. Con tanto tesón y estímulo. Te quisiera ignorar, pero no puedo. Sólo quiero odiarte un poco más. Todo lo que conciba este delirio tremebundo. Desde mi cuerpo o lo que quede de él. Puta. Maldita seas. Maldita ramera de Cartago. Zorra ensimismada. Maldecida y maldita seas una y mil veces. Putrefacta meretriz siquiera digna de los gineceos de las afueras de Babilonia. Ni olvidarte ni dejar de bailar contigo y danzar con todas las desdichas que me trajiste. Desde tu perturbadora ausencia te marchaste para traer esta turbadora ausencia que lo ciñe todo. Que me confina dentro de mi odio. El que te tengo. Ya lo único que me queda de tí y contigo. Y sigo atado de manos y pies a esta sinrazón que es desearte desde lo más profunda de mis antagonías. Te deseo como a la muerte. Que también deseo no sólo sea para mí, sino para tí primero. Para poder ver tu reinado finado y depuesto. Déspota estúpida y descuidada. Entregada a los placeres de la carne conmigo, contigo y los de nuestra especie. Enferma. Y enfermo yo por tí y los tuyos. Enfermos. Aire con sabor a rancio. A celda. A sótano. Me has jodido la vida. Y parte de la que debía ser mi muerte. No eres digna de entrar en mi casa. Márchate y déjame hacer a mí, con todo el odio que te profeso. Deboto soy del no quererte más. Y no cabrá la piedad en lo que esto pueda tener de estrategia. Mereces mi absoluto desprecio. El mismo que tengo para conmigo o lo que has dejado de mí. A esta altura del camino. Eres una hija de puta.