Equivocarse, a veces es la mejor opción. Y siempre me he sentido atraído por la gente que elige el error permanente como modo de vida. Los perdedores tienen toda la experiencia de no haber conseguido el éxito.
Yo lo llamaría adicción al fracaso. Hay muchos colgados que unen sus destinos a la derrota, y casi siempre de manera inconsciente siguen paso a paso todos y cada uno de los escalones que les guían de manera irremediable hacia su zénit: la desgracia más absoluta.
Pero si bien es verdad que la mayoría de la población de involuntarios condenados al fracaso, se lamenta y compadece de su desdicha, hay una pequeña parte de esos personajes que hacen de su desdicha, su dicha particular. Y ahí es dónde estoy cuando me refiero a la derrota como elección voluntaria, y el alejarse de cualquier posibilidad de éxito de manera intencionada.
Y no estoy hablando de drogas, ni de divorcios, ni de miseria. Estoy hablando de almas alucinadas, engañadas con una sensación de estupor continuo. De divorciarte de tu conciencia y tus intenciones, adormecer los instintos que hacen al ahogado orientar su postura hacia la superficie. No hablo de estar rodeado de miseria y de mierda en un apartamento con seis meses de atraso en el alquiler. Que también. Hablo de alquilar la miseria para el resto del día de tus días. Darle cama y desayuno.
Hasta tal punto que los demás pueden percibir que irradias miseria. Que dentro de ti está la decadencia. Pero mucho más avanzada en su estado de putrefacción que la decadencia suntuosa del Despotismo Ilustrado de los oropeles.
Y en ese proceso de autodestrucción hay un momento. Justo antes del abatimiento final, antes de lo que Siddharta Gautama llamó el nirvana, hay un momento, no de lucidez, pero sí de belleza. Antes del desfallecimiento cuando la mente prácticamente se disocia del cuerpo pero se sigue vivo. Ahí está la Excelencia.
No me refiero a estados transitorios de alteraciones en la consciencia, sino en la conciencia. Puede durar meses e incluso años. Las percepciones sensoriales, por supuesto están alteradas desde hace tiempo; pero es ahí cuando las percepciones mentales también se alteran. Se desequilibran los ciclos biológicos básicos e incluso se pierden. Como los estados de vigilia-sueño, apetito-saciamiento, libido-abstinencia. Los pecados capitales hace mucho que quedaron atrás y se superaron. Y se está al margen de los umbrales que determinara Maslow.
Yo lo llamaría adicción al fracaso. Hay muchos colgados que unen sus destinos a la derrota, y casi siempre de manera inconsciente siguen paso a paso todos y cada uno de los escalones que les guían de manera irremediable hacia su zénit: la desgracia más absoluta.
Pero si bien es verdad que la mayoría de la población de involuntarios condenados al fracaso, se lamenta y compadece de su desdicha, hay una pequeña parte de esos personajes que hacen de su desdicha, su dicha particular. Y ahí es dónde estoy cuando me refiero a la derrota como elección voluntaria, y el alejarse de cualquier posibilidad de éxito de manera intencionada.
Y no estoy hablando de drogas, ni de divorcios, ni de miseria. Estoy hablando de almas alucinadas, engañadas con una sensación de estupor continuo. De divorciarte de tu conciencia y tus intenciones, adormecer los instintos que hacen al ahogado orientar su postura hacia la superficie. No hablo de estar rodeado de miseria y de mierda en un apartamento con seis meses de atraso en el alquiler. Que también. Hablo de alquilar la miseria para el resto del día de tus días. Darle cama y desayuno.
Hasta tal punto que los demás pueden percibir que irradias miseria. Que dentro de ti está la decadencia. Pero mucho más avanzada en su estado de putrefacción que la decadencia suntuosa del Despotismo Ilustrado de los oropeles.
Y en ese proceso de autodestrucción hay un momento. Justo antes del abatimiento final, antes de lo que Siddharta Gautama llamó el nirvana, hay un momento, no de lucidez, pero sí de belleza. Antes del desfallecimiento cuando la mente prácticamente se disocia del cuerpo pero se sigue vivo. Ahí está la Excelencia.
No me refiero a estados transitorios de alteraciones en la consciencia, sino en la conciencia. Puede durar meses e incluso años. Las percepciones sensoriales, por supuesto están alteradas desde hace tiempo; pero es ahí cuando las percepciones mentales también se alteran. Se desequilibran los ciclos biológicos básicos e incluso se pierden. Como los estados de vigilia-sueño, apetito-saciamiento, libido-abstinencia. Los pecados capitales hace mucho que quedaron atrás y se superaron. Y se está al margen de los umbrales que determinara Maslow.
El individuo llega a no ser consciente de sí mismo, y se ve como una paradoja de lo que un día fue. No se recurre a recuerdos ni a sentimientos, se supervive en el terreno de las sensaciones.
Es en ese instante, y sólo en ése, cuando la genialidad toma tu esencia. No se trata de una posesión o de algo externo invadiendo tu mente. Es que la genialidad es creada por el individuo desde dentro. De lo orrendo se destila belleza.
Muchas veces y muchas personas han intentado alcanzar estos estadios, mediante el consumo de psicotrópicos o a través de episodios de disociación mente-cuerpo, y de asociación de realidad-ficción.
Pero no resultan positivos. No dejan de ser unos segundos o minutos de exposición. No se crea nada puro. Simplemente se interpreta como propio al haber alterado las reglas del juego.
Y en medio de esta desidia del Caos hubo unos señores que cogieron un papel y un lápiz y escribieron libros.
Alcanzaron su lucidez sumergiéndose en la más absoluta tiniebla.
Con el tiempo los han llamado la generación beat.
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