viernes, noviembre 30, 2007


Él la miraba sin aproximarse a ella, como si en lugar de desearla fuera alguien lejano, la miraba como se mira a un objeto de rara belleza. A veces, en momentos concretos, la sentía así, como una extraña, como una desconocida en su propia casa con la que desayunaba cada mañana. Su mirada hacia ella conseguía abstraerlo de todo lo que se encontraba a su alrededor, observaba sus gestos mientras ella cocinaba, se tumbaba en el sofá o se lavaba los dientes, como aprendiendo cada movimiento de ellos, su forma de ejecutarlos. Irene tenía una peculiar forma de moverse, expresarse e incluso de mirar y un físico muy singular que hacía a mas de uno y una volverse al verla andar calle abajo. No era especialmente guapa, tenía la mandíbula cuadrada y unos pequeños dientes blancos perfectamente alineados, gracias a que de niña había llevado aparato durante años. Siempre tenía ojeras, a causa de su manía de trasnochar hasta altas horas de la madrugada, unas ojeras que medio escondía tras unas finas gafas negras. Su pelo corto le dejaba la nuca al aire, una nuca que a él le encantaba tocar, tocar ese vello rubio y suave que se encontraba justo antes del nacimiento de su corta melena. Irene se movía como una sombra, casi se podía ver a través de ella, era como un velo transparente que dejaba intuir esa belleza que él observaba desde lo lejos. Él admiraba esa hermosura que no sabía muy bien como contemplar desde que la vio por primera vez. Sentía una especial admiración por Irene, esa parte de él que a veces le resultaba tan ajena, extraña y próxima a la vez. Porque ella era así, actuaba de forma pausada, era como si nada ni nadie pudiese hacerle daño, siquiera tocarla, verla, como si estuviese fuera de todo. Podía llenar una habitación tan sólo con su cuerpo, su blanca sonrisa y el humo de sus cigarrillos, cigarrillos que fumaba con mucha delicadeza y timidez, dejando escapar el humo entre sus labios, cubriendo su cara y a la vez pasar desapercibida con sus andares de puntillas y su mirada perdida. Las actitudes de Irene, que desconcertaban a cualquiera que la conociese o que estuviese cerca de ella, podían variar de un día para otro, haciéndola aun más incomprensible, lejana y misteriosa. Me atrevería a comparar a Irene como una de esas flores, esas orquídeas de invernadero, dentro de una cápsula de cristal y que requieren de muchos cuidados, dependiendo de la temperatura, la humedad y el estado de ánimo. Él la cuidaba como tal, y la observaba cuidadosamente sin saber muy bien como tratarla, con miedo de dar un paso equivocado, ¿y si le daba demasiada luz o se excedía regándola? Era un cuerpo delicado y recto, simétrica y rara, seductora, no se podía desprender de ella, aunque a veces le pareciese imposible entenderla. Pensaba en ella constantemente, pensaba en sus manos sobre la almohada, cuando la tenía al lado mientras dormían y en sus labios cerca de los suyos. Pensaba en que era eso que le atraía tanto de ella y que la hacía indispensable en su vida, porque él ya no podía hacerse a la idea de un día a día sin su olor y sus manías. A veces le daba miedo tocarla, por si se rompía en pedacitos, solía mirarla fijamente, fijándose en cada peca de su piel como porcelana. Irene, aunque siempre estuviese algo ausente, agradecía mucho todo lo que él hacía por ella. Le costaba muchísimo mostrar este afecto con palabras y entonces le susurraba: “Prefiero decirte te quiero sin palabras, con las manos o las pestañas, dándote besos de mariposa”. Y mientras él la miraba, como quien mira una orquídea de rara belleza, aproximándose sin llegar a tocarla, para no asustarla y poder ver minuciosamente cada detalle y entender ese lenguaje con el que ella le hablaba de la mejor forma que sabía.
N. del A. .- Este artículo me fue remitido por Beatriz poco después de irse a vivir cerca de Barcelona.

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