viernes, noviembre 09, 2007

No eran las cinco de la tarde. Y creo que ya había pasado el tercer toro.

El Fandi había estado toda tarde acercándose a la carrera hacia el animal, con las banderas llevadas a una mano. Y conteniendo los suspiros del respetable, le rasgaba el lomo al toro hincándoselas mientras le acompañaba con la mano libre en el movimiento dictado por la inercia.

Pero ahora estaba otro torero. Y otro toro. No recuerdo sus nombres. No demasiado ilustres.

Y es que ya han pasado los tiempos de islero donde se pasaban los setecientos kilos casi por imperativo de la Presidencia. Hace tanto de los tiempos en que se casaban los toreros con las gitanas y se veía a Manolete tomando los cócteles de Chicote en la subida de Gran Vía, que ya casi lo he olvidado.

Pero todavía recuerdo yo a Dominguín levantando el dedo índice de su mano derecha al final de cada tarde. Para creerse, al menos él, que era el número uno. Y no sabía que los grandes nunca levantan las manos. Sólo miran al cielo, porque a quién reclaman reconocimiento está más allá de la gradería y del griterío.

Y se sentaba la Gardner con Sinatra donde a veces llegaba la sangre y siempre el sudor. Y se llenaban los zapatos de los italianos del barro del burladero. Y desde Los Ángeles venían los aviones llenos de foráneos pudientes a abarrotar el hotel Ritz poco antes de la hora.

Y hasta los republicanos habían escrito sobre la sangre y la arena.

Eran los tiempos en donde a los pases de medio lado se les ponía nombre de mujer.

Incluso sé de un pintor catalán que vendió su finca en el monte a un escritor de los del Mississipí. Que lo debió de cambiar por el Bidasoa que tiene mejores carpas.

Pero volviendo a aquella tarde, os contaré que el mozo que ahora lidiaba no miraba a los ojos al animal. Y es que antes justo de que la punta de los pitones arañe la lona del capote hay que hacerle sentir al animal que se está allí. Acompañándole en su muerte. Que el camino lo traza el pase y nunca el toro. Hay que saber que las distancias se marcan con la muñeca y los giros con la cintura.

Pero este mozo debía de estar decidiendo que hombros le iban a llevar, sin ni siquiera haber sentido la piel oscura y caliente del toro bajo su palma izquierda.

Y en esto se le vino el morlaco encima, que le hundió el pitón derecho en el muslo buscándole la femoral. Y como levantado por una ráfaga de viento dio dos volantines antes de caer de bruces sobre la arena.

Y aún le buscaba el zaíno para ajustar toda la cuenta y saldar así los veinte minutos de lidia torpe y despreocupada, cuando de pronto saltó del callejón un hombre vestido de paisano. Con traje oscuro, camisa clara y peinado francés. Y abriéndose paso entre los demás de la cuadrilla llegó hasta el mozo que yacía en el suelo en postura de azar.

Y el animal no se acercó.

Porque sabía que aquél sí era torero. Que no dudaría en mirarle a los ojos y acercarse hasta notar su aliento. Que el miedo lo había dejado con la gabardina, a la entrada de la plaza.

Levantó al mozo del suelo, lo cogió en volandas y lo llevó corriendo hacia la salida de enfermería, la más alejada de toriles.

Y la ropa de calle se le llenó de sangre. El público no recuerdo si decía algo o callaba. Pero sí vi como el pecho de su camisa antes blanca, se empapaba tiñéndose de un color rojo bermellón. El peinado se le había revuelto. Y por las manos le escurría la sangre dejando un reguero que marcaba toda la angustia recorrida hasta las tablas.

Sin traje de luces aquella tarde, el menor de los hermanos se vistió de sangre.

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