viernes, noviembre 30, 2007

Pero la ciudad no sucumbió al embiste del ejercito alemán. No se rindió jamás. Se sucedieron los días. Uno tras otro como es costumbre. Pero de una manera mucho más lenta como pasa siempre que hay guerra. Como pasó en Sarajevo. O pasará mañana en la próxima bandera que venga a matarnos a todos.

Murieron cerca de dos millones de personas durante los novecientos días que duró el asedio.

Stalin dio la orden de no rendirse bajo ninguna circunstancia. Pero la gente no necesitaba siquiera recibir la orden. Se cubrieron con mallas los edificios históricos para desdibujar su perfil en el horizonte e inutilizarlos como blanco. Se minó entero el subsuelo de la ciudad, para ser volada en caso de que fuera tomada. La misma política de tierra quemada que utilizaría después el ejército nazi.

Pero de esto no van a hacer una película. No quedaría bien Jude Law comiendo carne humana.

Apenas entraban alimentos por un canal de suministro abierto a través del río Ladoga. Justo al lado de donde está mi hotel.

Aquí todo es diferente. Es una ciudad con el aire empobrecido. Circulan muchos camiones y vehículos industriales. Los escaparates están sucios. Incluso cuando sales un par de kilómetros de la ciudad, todavía puedes seguir viendo columnas de humo saliendo de las chimeneas de las fábricas. Y es que las acerías están dentro de la ciudad. Nadie separó lo que eran suburbios de lo que no. Aquí todo es ciudad.

Esta ciudad tiene algo que la hace única y auténtica. Estocolmo no puede competir ni de lejos con todo lo que estoy viendo. Quizás tengo esta impresión porque sólo voy a pasar ocho días en Rusia. Pero joder esta gente es auténtica. Y para darme cuenta de esto sólo necesito diez minutos.

Aquí la mentira no tendría donde quedarse. Todo lo abstracto está eliminado. Sistemáticamente. Y habrán caído los muros que separaban a unos de otros pero esto es diferente.

El río Neva está congelado. Durante la moche se abren los puentes al trafico marítimo y la ciudad queda literalmente partida en dos. Y puede morir el amor de tu vida al otro lado del río que tú no podrás salvarla ni despedirte de ella. Y llegarás un poco antes del alba cuando su cadáver empiece a estar frío.

Seguro que algo habrá cambiado desde que mis padres vinieron a ver nacer la Perestroika. Pero nada importante. Todo lo importante sigue igual. Desde luego he de admitir que estoy sobrecogido por la dimensión de todo lo que estoy viendo. Estoy tomando decenas de fotografías. Apenas he comido estos días. Y duermo aprovechando cuando tengo que viajar durante toda la noche hasta la siguiente ciudad. El estado de la carretera es pésimo. El conductor hace paradas cada cierto tiempo. Yo bajo, meo en la nieve, estiro las piernas y bebo un trago de vodka. Me he comprado una petaca con un símbolo comunista grabado. Y el sabor de la bebida sin mezclar no es en absoluto desagradable. El frío es tan intenso que recibes y agradeces el trago como si fuera un sorbo de leche caliente. Recorriendo la garganta. En absoluto se me hace desagradable como me pasaba cuando me fingía el malote del bar de mi ciudad. A veces fumo un cigarrillo. Son muy baratos. Mucho. Y puedes encontrar tabaco francés a una décima parte de su precio real en Europa.

Hace frío y hace hambre. Pero siguen mirándote a los ojos. Para mirar si escondes en tu mirada algo que ellos no tengan. No sé cuando aprendieron a mirar a los ojos pero no han dejado de hacerlo en ningún momento.

No claudicaron. De eso nada.

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