lunes, noviembre 19, 2007



Ya nunca le digo cosas bonitas a Dora. Ni ella me toma fotografías. Como hacía al principio del verano, justo cuando llegamos a esta casa. Y no la he vuelto a incluir en mis bocetos, ni le he lamido los pechos sobre la mesa del jardín de atrás.

El otro día me quedé dormido encima de un montón de papeles viejos de apuntes traídos de Barcelona. Y soñé que dormía sobre ella. Sobre su cuerpo. Pero que ella estaba levemente despierta. Que sabía que yo dormía y me acariciaba el pelo y el lomo como se le hace a los caballos para que se tranquilicen. Y yo escuchaba su latido. Y lo escuché sobre aquella montaña de notas de fechas y recibos inútiles.

Y ahora soy alguien. Y todo el mundo escucha mi palabra y se guarda silencio cuando entro a los cafés. Pero yo no tengo nada que decir. Y la violencia me ha cegado un par de veces. Y la tristeza y la melancolía de cosas que no he vivido, y el recuerdo de sitios en los que nunca he estado. Ni creo que esté. Me he sentido tan desgraciado colmado de tantas atenciones.

Y he deformado la realidad. Las caras de las prostitutas de la calle Aviñon, y todo lo que me han enseñado de África. Esas máscaras horribles que ahora que ya no duermo sobre mi Dora me persiguen.

Dora me pasaba la yema de los dedos por la cabeza y yo notaba su aliento. Muy cerca. Y deseé estar dentro de ella. No penetrándola, sino dentro de ella. Como un feto en su vientre. Y que sin ser yo su hijo, ella me dejara no nacer jamás y pensar mis cosas en el calor de sus entrañas.

Yo no he elegido nada de lo que me está pasando.

Y lo peor es que esto estará escrito en la historia. Y la gente leerá que no he sabido quererte demasiado. Y habrá sido verdad. Que no me quiero ni a mí mismo. Que lleno trozos de tela a razón de uno por semana y soy incapaz de llenar esta casa. Ni siquiera lleno esta cama cuando tú te marchas a la ciudad.

Dora no soy ni la mitad de lo que tú eres. Y ellos me han preferido a mí. Y no entiendo porqué. No sé que hago haciendo todas estas cosas. Muchas veces no comprendo lo que digo ni lo que me dicen. Actúo llevado por algo de lo que no soy dueño. Sin ti no sé ser.

No tengo nada ni nadie más que a ti. Soy un ser a todas luces imperfecto, lleno de manchas y con los colores difusos. Un error de la naturaleza, de la madre muerta.

Soy un monstruo Dora. Y no me atrevo ni a pedirte perdón por todo lo que te he hecho y dicho.

Te quiero Dora. Por favor vuelve a casa.

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