Ante la sola vislumbre de tu pérdida he corrido a ti. Como no lo había hecho nunca antes. Que sin darme cuenta había subido al caballo que me vio nacer. A guerrear de nuevo. A librar batalla contra quien no me presentaba ofensa. Ciego de orgullo desafiando a mis hermanos a una lucha sin cuartel ni zafarrancho. Y mis enemigos gozando de mi embriaguez y terquedad. Pero has venido sin armas al combate. Has llegado desnudo y sin palabras. Para no decirme nada. Para hacerme a mí no decir más. A verme sólo en este duelo, con la pólvora caduca. Perdóname hermano porque no he sido justo contigo y tu piedad me ha dejado sólo, conmigo. Obligado a entenderme con mis desmanes. A sentir en mi lecho la presencia de mis males. Acechándome más a mí que a Vos. Ha demostrado Vuesa Merced estar más allá de los escritos y los dictados. Me habéis hecho perdonarme a mí mismo. Perdóname hermano porque he pronunciado tu nombre en vano. He manchado tu sayo con mi saliva. Eres justo y en verdad te digo que me has hecho justicia.
Y ahora, otra copa de vino Jeremías.
Y ahora, otra copa de vino Jeremías.
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