martes, diciembre 18, 2007

En unos días me voy de la ciudad. Y no creo que estas cuatro paredes me vayan a echar de menos. Porque ahora que lo pienso no les he dicho nada bonito en todas las noches que he dormido con ellas. Y tengo claro que estas calles no se van a acordar de mí tampoco. Si acaso yo, como el imbécil que soy, acabaré acordándome de ellas cuando una noche me pase llenándome la copa de vino o de ginebra.

He empezado a hacer la maleta. Y quitando de unas camisas y una lámina a carboncillo no tengo mucho más que meter. Y mira que he estado buscando por los armarios y por la memoria dónde he debido meter yo todo lo que me ha pasado en esta historia. Pero no he encontrado batallas en alta mar, ni escotes que recordar. Sólo las camisas y el cuadro a medio pintar.

Sólo quiero un sofá de cuero marrón que me ha abrazado noche tras noche y algunos mediodías, componiéndome una estampa de tipo demasiado preocupado por no ser feliz en demasía. Y una alfombra roja que me ha hecho el más famoso de mi propia agonía. Pero para desgracia mía no me caben en la maleta, al menos todavía.

Es cierto que podría volver en Enero, pero no tendría ningún paraguas esperándome al bajar del autobús. En vez de eso, he decidido verme caminar por París siendo por fin el pintor sin cuadros en los museos que he deseado ser desde siempre; y que de momento aún no he conseguido aunque voy por buen camino.

También tengo pensado coger un autobús hacia el sur. Hacia algún lugar de Andalucía. Y dormir en un hostal cerca del barrio del Sacromonte para poder subir paseando a donde los gitanos esperan ver llegar la lejanía. Me meteré en una taberna a gastarme los cuartos por cuarta vez en un mismo día.

Yo no le debo nada a esta ciudad. Y ella a mí tampoco. No nos habíamos prometido nada. Y ambos lo hemos cumplido. Que sin habernos enamorado hemos pasado un tiempo juntos viendo pasar la vida. Porque la vida pasa aunque tú no la pases con ella. Esta metrópoli sin contaminar me ha contado sus cosas, y yo os he contado las mías a vosotros sin decirle nada a ella. Vine por donde me voy, sin haberme aprovechado de sus encantos, sin pararme en sus esquinas. Sin haber hecho de ella señora o señorita. Sin haberle preguntado sus tarifas contra la melancolía.

A lo mejor no he sido justo. Y me marcho justo cuando no debía. Se me han acabado las fuerzas y no estoy lastimado pero en verdad os digo que no tengo nada que me ate al fondo de este pozo sin fondo ni forma. Sin futuro ni pasado.

Llegaré pasadas las siete. Tomaré mi maleta sin nada que contar, un taxi callado y una ducha rápida. Una camisa blanca y un pantalón recién planchado. Y antes de que os deis cuenta estaré sentado a vuestra mesa entre dos botellas vacías.

Que me piro ya cojones. Y no os imagináis las ganas que tenía.

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