Ayer tarde poco después de que un amigo vuestro y mío se marchara a Milán fui, muy bien acompañado por cierto, a ver los cuadros acerca de las costumbres, folclores y paisajes nacionales que Joaquín Sorolla pintó para la Hispanic Society de Nueva York.
Interesante.
Puesto que habíamos entrado como visita libre (entiendo que los demás visitantes estaban cumpliendo condena) no teníamos derecho a las explicaciones de los guías para la ocasión contratados. En tecnológica sustitución, y siguiendo con la lucha de la máquina contra el hombre, nos hicimos con una audioguía de ésas que te cuentan la vida y milagros del pintor del cuadro, del pueblo retratado en el cuadro y del cuadro mismo. Pero claro con un chisme para dos oídos interconectados en paralelo y moviéndonos por la sala de la fundación como gemelos siameses de los que comparten cadera, hígado y parte de un pulmón, pues al segundo cuadro renunciamos al invento y a la tortura que llevaba de postre.
Así que valiéndonos de la picaresca nos arrejuntamos disimuladamente con un grupo de los condenados, a escuchar a un chavalito con acné y discurso programado. Y decía el muchacho cosas interesantes sobre Galicia cuando de repente suelta con gran exactitud tras recitar la lección docenas de veces, que el autor había querido expresar la división de la sociedad partiendo el cuadro por la mitad usando la línea del horizonte.
Entonces me vino a la cabeza mi profesor de literatura Don Raúl Payo, explicándonos que quería decir Federico García Lorca poniéndole un vestido largo a la novia huidiza de Bodas de Sangre.
Y lo peor es que esta gente se cree con convicción lo que dice. Pero lo más grave no es creerse libre de error, sino el hacerse dueño absoluto de la verdad suprema. Que tienen suerte de que el tal Joaquín no estuviera en la sala, porque sin conocerle tanto como estos expertos cuentacuentos, supongo yo que habría optado más por el enojo que por la carcajada. Gracias a dios cuentan con la ausencia de los protagonistas como aliada para certificar sus tropelías. No fue así sin embargo, cuando Pablo Picasso fue preguntado acerca de la simbología del toro y el caballo representados en la parte izquierda del Guernica. El malagueño zanjó meses de especulaciones hechas por super-expertos en interpretar voluntades e intenciones ajenas con un contundente: “el toro es un toro, y el caballo, un caballo”.
Y no voy en absoluto contra un chaval contratado a media jornada para recitar de memoria versículos al estilo audioguía. Voy contra profesores de literatura, hispanistas, interpretadores, críticos, expertos y demás curanderos.
Por lo general, y a menos que así lo exprese el autor, el toro suele ser un toro.
Fin de la diatriba.
Interesante.
Puesto que habíamos entrado como visita libre (entiendo que los demás visitantes estaban cumpliendo condena) no teníamos derecho a las explicaciones de los guías para la ocasión contratados. En tecnológica sustitución, y siguiendo con la lucha de la máquina contra el hombre, nos hicimos con una audioguía de ésas que te cuentan la vida y milagros del pintor del cuadro, del pueblo retratado en el cuadro y del cuadro mismo. Pero claro con un chisme para dos oídos interconectados en paralelo y moviéndonos por la sala de la fundación como gemelos siameses de los que comparten cadera, hígado y parte de un pulmón, pues al segundo cuadro renunciamos al invento y a la tortura que llevaba de postre.
Así que valiéndonos de la picaresca nos arrejuntamos disimuladamente con un grupo de los condenados, a escuchar a un chavalito con acné y discurso programado. Y decía el muchacho cosas interesantes sobre Galicia cuando de repente suelta con gran exactitud tras recitar la lección docenas de veces, que el autor había querido expresar la división de la sociedad partiendo el cuadro por la mitad usando la línea del horizonte.
Entonces me vino a la cabeza mi profesor de literatura Don Raúl Payo, explicándonos que quería decir Federico García Lorca poniéndole un vestido largo a la novia huidiza de Bodas de Sangre.
Y lo peor es que esta gente se cree con convicción lo que dice. Pero lo más grave no es creerse libre de error, sino el hacerse dueño absoluto de la verdad suprema. Que tienen suerte de que el tal Joaquín no estuviera en la sala, porque sin conocerle tanto como estos expertos cuentacuentos, supongo yo que habría optado más por el enojo que por la carcajada. Gracias a dios cuentan con la ausencia de los protagonistas como aliada para certificar sus tropelías. No fue así sin embargo, cuando Pablo Picasso fue preguntado acerca de la simbología del toro y el caballo representados en la parte izquierda del Guernica. El malagueño zanjó meses de especulaciones hechas por super-expertos en interpretar voluntades e intenciones ajenas con un contundente: “el toro es un toro, y el caballo, un caballo”.
Y no voy en absoluto contra un chaval contratado a media jornada para recitar de memoria versículos al estilo audioguía. Voy contra profesores de literatura, hispanistas, interpretadores, críticos, expertos y demás curanderos.
Por lo general, y a menos que así lo exprese el autor, el toro suele ser un toro.
Fin de la diatriba.
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