jueves, enero 17, 2008

El café se toma sentado principalmente. Aunque yo he visto señores muy apurados que lo toman a toda prisa. Y señoritas sin tanto apuro tomándolo en vasos de plástico o de cartón para lucir logotipo de multinacional en su dorso mientras pasean su andar de pedigrí frente a los escaparates. Quedan ambos igualmente denunciados.

Pero en mi cabeza y casi llegando al fondo de mi corazón, tengo yo el convencimiento de que el café debe tomarse sentado. Aun aceptaría fíjense, que se tomara apoyado en una barra dejando descansar brazo si, brazo no, intermitentemente. Pero lo de tomarlo a la carrera, o en bajadas y subidas y con tapa. Por ahí sí que no paso.

Y pensarán ustedes que soy o bien dueño de un café en horas bajas o fabricante con excedente. O íntimo amigo del señor ése que salía con su mula y su molido. Pues no. Yerran de plano al pensar así. Soy íntimo amigo y fiel vasallo de las buenas costumbres. Y por eso lucho por darle al café una muerte digna.

Entonces recomiendo y casi exijo desde aquí, mis palabras (que sospecho llegan a más de un bebedor, entre otras cosas de café) se le guarde la cara a tan noble bebida. Que no estuvimos siglos esperándola y otro tanto adivinando como diantre se preparaba el brebaje sin ser atentado contra el paladar, para que ahora ustedes lo tomen sin respeto ni mesura. En el intercambiador de Callao o en el taxi del tío Facundo. Que me es igual.

En resumidas cuentas: Mesa a poder ser de terraza si el tiempo acompaña. Taza baja y platillo de acompañamiento. Sobre de azucarillo con citas de ingenio o terrón en su defecto. Cucharilla de plata. A poder ser moza con falda dos mesas más allá. Y continuo flujo de transeúntes si no se dispone de literatura en el momento. Ni muy caliente ni muy frío. Ni muy cargado ni muy liviano. Cucharada y media de azúcar calculada desde el sobre y un chorrito de leche. Déjense de frapé, o lé, capuchino o mocasines. Sólo se contemplan tres variantes: sólo, con leche o carajillo.

Soledad o compañía a elegir.

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