viernes, enero 18, 2008

En una de las mesas del fondo esperaba yo que me sirvieran el segundo plato cuando entraron al restaurante.

Él llevaba una camisa con motivos barrocos, arabescos retorciéndose y enroscándose entre sí. Ella iba mucho más elegante con una camiseta de caída vaporosa de color gris y con algunos reflejos brillantes. Él tenía pinta de ser un tipo algo mayor que ella intentando desesperadamente hacerse el interesante, y a eso respondía la camisa estilo costa azul años setenta y el pañuelo que escondía el pelo del pecho. Hasta se había atrevido a ponerse un anillo de gitano con una piedra falsa azul engarzada. No obstante ella parecía no desaprobar del todo aquellos excesos en la indumentaria. Probablemente le divertían. Aunque también dejaba claro que a ella no la iban a alistar en aquel disparate de quiero y no puedo.

Se sentaron cerca de mí para mayor y mejor satisfacción de mi velada de cabaret. La dama le preguntó al vagabundo algo acerca del local, de lo que supuse que era ella la que había elegido el sitio. Él miró las paredes llenas de azulejos pintados ni la mitad de bien de lo que los pintan en Lusitania y dio el visto bueno con un gesto de aprobación. Yo creo que el zángano aquel no tenia ni zorra de que el nombre del local le venía dado de una novela de Jacinto Benavente, pero bueno. La mesa quedó vista para sentencia de más borrachuzos y maricones amigos del Donjuán. Seguro que luego se atribuiría el mérito de haber osado entrar en un restaurante cómo aquel fuera del menú de mediodía.

Me llegó la chorrada que yo había pedido como segundo. Unas gambas tamaño pezqueñines no gracias, buceando en un vaso de chupito relleno de crema de nosequé. La verdad es que estaba cojonudo al primer bocado.

Ellos mientras leían la carta como aprendiéndosela de memoria. La chica parecía tener más idea. Su acompañante se hacía el machito mirando y remirando los vinos, como si supiera algo de vinos más allá de lo que pone en los semanarios de los domingos. Aparte de no tener un duro el tío paseaba su vista por los últimos de la lista como si pudiera permitirse un vino francés o algo de esos sueldos. Ella condescendiente le dijo que pidiera el que quisiera. Dentro de un orden.

Parecía que el plan era que el sector femenino decidía qué comer y el masculino qué beber. Un tándem con ganas de acabar bailando bachata y follando en una cama que no era la de ellos.

Les llegó la hora de la verdad, en la que yo pedía la cuenta y me marchaba dando por finalizado el espectáculo o me esperaba ordenando un café a ver de qué se habla hoy en día, antes de echar un polvo.

La comida elegida por la muchacha desahució mi hartazgo o al menos lo aplazaba hasta que escuchara al varón. No se había decidido por las colas de gamba al buceo pero estaban bien los atillos, la empanada de verduras y unas berenjenas al horno con jamón. Tenía unos pechos firmes y turgentes por cierto. Eso le daba mayor ligereza a mi juicio sobre ella. Pero al otro espantapájaros no le pensaba pasar ni una, y menos yendo de consorte de semejante moza.

Bueno pues llamaron otra vez a la camarera de delantal manchado, y ordenó el tío una botella de vino blanco Jean Leon al tiempo que le contaba a la chica la historieta del señor Leon y presumía del quién, dónde y cuándo se bebió de ese mismo vino. Sin esperar a leerse el reverso de la botella que te explica más o menos algunos de esos detalles, el caballerete recitaba embalado todo lo que sabía de Ceferino and compani. Adornaba y exageraba algunas cosas, pero ahí me conquistó el muchacho. Que ya dejé de verlo como a un zángano rondando a la abeja reina y lo vi como un tipo mediocre lleno de nervios intentando hacer las cosas bien. Y le disculpé el aire chulesco que había intentado darse sin mucho éxito desde su entrada.

Pero tampoco me iba a pedir yo un café que no me apetecía, por ver a dos pichones ponerse empalagosos a la segunda copa. Pagué la cuenta, terminé mi copa y me marché pasando por al lado de su mesa y vi las ganas de ser felices de aquellos dos muchachos antes de coger un taxi a la mierda.

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