A Víctor Jara le cortaron las manos antes de acribillarlo a balazos.
Mi padre estudiaba Ciencias Políticas en la Universidad Complutense de Madrid. Su padre era militar en el cuartel Inmemorial del Rey, el primero de Artillería. Y él tenía que esconder el libro rojo de Mao entre unas revistas pornográficas en un cajón para que en caso de descubrirlo su madre, dejara de mirar tras la primera portada.
Mi abuelo materno era practicante. Pintor amigo de Segrelles y Benlliure. Fumaba en pipa, manejaba una vespa y jugaba al ajedrez. Falangista de los de carné. Salvó la vida arrancándose las insignias del pecho y saludando con el puño izquierdo en alto a un camión lleno de milicianos que encontró en su vuelta a casa.
Las mujeres no se significaron en el conflicto. No quisieron o no pudieron.
En las facultades no podían entrar los caballos de la policía. En los sótanos de la Puerta del Sol estaban los calabozos de Tribunal de Orden Público. Y allí murió gente. La mataron.
Un libro, o un encuentro en una cafetería implicaban estar poniendo en juego muchas cosas. La menos importante, tu futuro. Eran unos años difíciles. Yo no estuve allí pero lo sé por todo lo que he leído, visto y oído. Lo sé porque me lo han contado. Era imposible no tomar partido. Al menos en los primeros años. Inclusive el silencio, la mirada perdida, eran una decisión como cualquier otra. Una posición, más que una decisión. La Historia se escribía con tinta y con sangre y se distribuía pasándola por las multicopistas. Y se tiraba desde los coches a toda velocidad. Y se traía desde Francia pasando la frontera en los forros de los asientos de los coches. Se radiaba la Historia en Radio Moscú y Radio París. Se escondía la verdad debajo de la camisa. Y después se gritaba al vent. Se escondía detrás de muchas hostias públicas y privadas.
No me gusta nada la teoría ésa de Jorge Manrique de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Cualquier tiempo pasado es pasado y nada más. Sólo pasado. Pero muchas veces deseo haber vivido aquel pasado. No por mejor, que por supuesto mejor no era, pero sí por la trascendencia del tiempo. Ahora no me siento dentro de la historia. Mis palabras no hacen la historia. Las suyas sí. Un apabullante presente llena de desidia los días que no son once en el calendario. Joder yo tendría que haber estado allí. La vida no es esto que nos han regalado. La vida no se vive en una botella de vodka, ni en tu ordenador, ni te la va a contar un videoclip, ni está en los libros de paulauster.
Siento como si hoy día nos estuviéramos inventando las causas para hacer una revolución cada primero de mes. Y poder creérnosla. Y seguro que en los países del telediario se está haciendo historia. Pero no estoy allí. Y tengo que conformarme con salvar un mundo macrobiótico, sobrecalentado y globalizado. Antes había que salvar el mundo y punto.
Al Gore no es Gandhi. Ni Hugo Chávez es Ernesto Guevara. Ni Bush es Kennedy. Ni Txeroki es Txiki. Ni Putin es Lenin. Ni Zapatero es González. Ni Bono es Lennon. Ni Osama es Hitler. Ni Fidel Castro es Fidel Castro. Ni Obama es Luther King. Ni yo soy mi padre.
Estamos dejando que la historia la escriba la inercia. Y nos dedicamos a meterla en gigabites y trilobites. Estamos garabateando una historia descafeinada pero igualmente podrida, cuando ahora ya ni los buenos ni los malos lo son de verdad. De hecho yo ya no sé quiénes son los buenos y quiénes los malos. Ya no sé si yo mismo soy bueno o malo.
Yo no soy nada. Ni ninguno de vosotros tampoco. No somos parte de la Historia. Simplemente porque no hemos hecho nada para merecerlo.
Mi padre estudiaba Ciencias Políticas en la Universidad Complutense de Madrid. Su padre era militar en el cuartel Inmemorial del Rey, el primero de Artillería. Y él tenía que esconder el libro rojo de Mao entre unas revistas pornográficas en un cajón para que en caso de descubrirlo su madre, dejara de mirar tras la primera portada.
Mi abuelo materno era practicante. Pintor amigo de Segrelles y Benlliure. Fumaba en pipa, manejaba una vespa y jugaba al ajedrez. Falangista de los de carné. Salvó la vida arrancándose las insignias del pecho y saludando con el puño izquierdo en alto a un camión lleno de milicianos que encontró en su vuelta a casa.
Las mujeres no se significaron en el conflicto. No quisieron o no pudieron.
En las facultades no podían entrar los caballos de la policía. En los sótanos de la Puerta del Sol estaban los calabozos de Tribunal de Orden Público. Y allí murió gente. La mataron.
Un libro, o un encuentro en una cafetería implicaban estar poniendo en juego muchas cosas. La menos importante, tu futuro. Eran unos años difíciles. Yo no estuve allí pero lo sé por todo lo que he leído, visto y oído. Lo sé porque me lo han contado. Era imposible no tomar partido. Al menos en los primeros años. Inclusive el silencio, la mirada perdida, eran una decisión como cualquier otra. Una posición, más que una decisión. La Historia se escribía con tinta y con sangre y se distribuía pasándola por las multicopistas. Y se tiraba desde los coches a toda velocidad. Y se traía desde Francia pasando la frontera en los forros de los asientos de los coches. Se radiaba la Historia en Radio Moscú y Radio París. Se escondía la verdad debajo de la camisa. Y después se gritaba al vent. Se escondía detrás de muchas hostias públicas y privadas.
No me gusta nada la teoría ésa de Jorge Manrique de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Cualquier tiempo pasado es pasado y nada más. Sólo pasado. Pero muchas veces deseo haber vivido aquel pasado. No por mejor, que por supuesto mejor no era, pero sí por la trascendencia del tiempo. Ahora no me siento dentro de la historia. Mis palabras no hacen la historia. Las suyas sí. Un apabullante presente llena de desidia los días que no son once en el calendario. Joder yo tendría que haber estado allí. La vida no es esto que nos han regalado. La vida no se vive en una botella de vodka, ni en tu ordenador, ni te la va a contar un videoclip, ni está en los libros de paulauster.
Siento como si hoy día nos estuviéramos inventando las causas para hacer una revolución cada primero de mes. Y poder creérnosla. Y seguro que en los países del telediario se está haciendo historia. Pero no estoy allí. Y tengo que conformarme con salvar un mundo macrobiótico, sobrecalentado y globalizado. Antes había que salvar el mundo y punto.
Al Gore no es Gandhi. Ni Hugo Chávez es Ernesto Guevara. Ni Bush es Kennedy. Ni Txeroki es Txiki. Ni Putin es Lenin. Ni Zapatero es González. Ni Bono es Lennon. Ni Osama es Hitler. Ni Fidel Castro es Fidel Castro. Ni Obama es Luther King. Ni yo soy mi padre.
Estamos dejando que la historia la escriba la inercia. Y nos dedicamos a meterla en gigabites y trilobites. Estamos garabateando una historia descafeinada pero igualmente podrida, cuando ahora ya ni los buenos ni los malos lo son de verdad. De hecho yo ya no sé quiénes son los buenos y quiénes los malos. Ya no sé si yo mismo soy bueno o malo.
Yo no soy nada. Ni ninguno de vosotros tampoco. No somos parte de la Historia. Simplemente porque no hemos hecho nada para merecerlo.
1 comentario:
buen texto moli
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