viernes, marzo 21, 2008

Es de madrugada. Que las había echado yo de menos para acostarme y no verlas tanto al levantarme. Ha sido un día de desidia absoluta de los que se tienen el lujo de desperdiciar en esta vida de Kronos y tempos. Yo de mayor quiero ser perdedor de tiempo, penalt, última voluntad, reloj estropeado o cuentaquilómetros trucado al cero. Y dicho esto como párrafo de puesta en situación para entender el contexto desde donde escribo lo que sigue; paso al grueso del artículo sin más dilatación ni dilación.

He estado masturbándome como jobi, y antes de irme a la cama se me ha ocurrido buscar algo de información en preparación de un viaje venidero que muchos ya conocéis tendré a bien llevar a término sin dios mediante y a no mucho tardar.

Y en estas búsquedas por los laberintos de la informática y la pedofilia me he topado no con la iglesia de Sancho sino son un diario al modo de éstos que lo son de mí, pero siéndolos de otro extraño. Y hablaba el muchacho de Surrealismo y demás fobias varias y entre las perlas de estupidez humana que sembramos aquí unos muchos, había dejado una fotografía del sujeto que me había conducido a mí a las líneas susodichas: Serge Gainsbourg. Y como poco amigo de la publicidad y en temor y previsión de que den ustedes mayor aprecio al aquel que al éste, al extraño que al propio, me abstengo de manera intencionada de proporcionar aquí señas que les guíen en su encuentro con la competencia. No obstante en gesto de magnanimidad me presto a que ustedes si les azuza la curiosidad me pregunten, cebada de por medio, las indicaciones pertinentes para llegar a mi rival que sin duelo ya lo ha sido.

Y de una manera o de otra he acabado casi convencido de que bien mereciera la pena un viaje sólo para conocer a los muertos. Y aunque volvieramos a nuestra mierda de vida sin haber visto ni una catedral, ni un cuadro, ni una estatua, ni el escenario del metraje de ninguna película, bastaría con haber visto tumbas y lápidas de los ilustres del lugar. Que aún foráneos en su concepción seguro, muchos de ellos decidieron (o no) terminar su vida y obra entremuros de aquella villa. Y así creo que me voy a una ciudad, en la que no me va a importar una vez más no ver el sol ni el cielo, ni las avenidas, ni las minifaldas, si acaso algun café en el bulevar de las compilaciones de jazz y poco más. Poco más a excepción de los cementerios. Que ya puede haber dos palmos de nieve que mis botas están hechas para caminar y eso es lo que van a hacer. Por esto vengo preparando la visita a un par de cementerios, y me he planteado dejar alguna carta en más de una tumba aunque me figuro que de original no tendrá nada y será como escribir a los reyes magos y tirarla al correo ordinario. Muy emocionante pero escasamente práctico más allá del alarde.

Así que de catedrales no tengo ni zorra, pero voy persiguiendo sepulturas y epitafios por media Europa llevado por la melancolía, la mitomanía que me corroe y ahora sí, un sueldo de puta madre.

Mañana hablo de Gainsbourg que era lo que pretendía hoy. Lo prometo.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Sin querer he sentido como otra vez la espiral de mi puta vida se estremecia....
quiero saber mas de ti,quizas caminamos paralelamente por el lado eqivocado de la calle

Anónimo dijo...

empezaremos al lado de mi casa... que está oscar wilde y jim morrison...mua