domingo, abril 27, 2008

El sábado o día de los judíos, tuve el privilegio irrevocable de asistir como público y como atónito a unas jornadas que organizaba la compañía para la que trabajo.
Es una multinacional americana, que reniega con ahínco de todo lo que huela a autóctono, y que quiere ser y no puede. Quisieran ellos ser una nueva google en Babilonia, con viernes de vaqueros, con empleados en sandalias, salas de billar, trabajo desde casa y guardería. Pero no pueden, porque no lo son. Y aunque intentan imitar en sus prácticas a las empresas megaguays el sector no permite esas concesiones ni mucho menos esas confesiones.
Se sucedieron para una manada de cerebros a los que lavar charlas y parlamentos varios. La masa, que era lo que al fin componíamos los allí presentes, se presentó dividida a la mitad diría yo, de convencidos y vencidos. Todo eran primeras filas. El pulso general iba del fanático que va a ver las glorias de su equipo, al hincha derrotado antes de entrar al campo, que de visitante sólo espera que al menos no le llueva.
Yo me puse una chaqueta de pana, en un subrepticio intento para el ojo pícaro de hacerle un guiño al descaro. Y luciendo galas de congreso de Suresnes me senté en la segunda fila como mandaba el protocolo de la derrota. Rodeado de gente muy válida, y de mucho mentecato también, con ganas de llegar a ser alguien importante. Cuando los hombres nacen, y son los menos los que se hacen. En la vida apenas hay tiempo para realizaciones tan complejas, si no se traen los deberes hechos desde el vientre. Aunque el intento no es criticable, la escalada suele ser lo tóxico.
Desde temprana hora y para reducir el sueño al bostezo avergonzado, se sucedieron en esa sala de juntas publicidad, propaganda y adoctrinamiento. Y todos los reclutas apludían con orgullo el dogma que se les instalaba en el cerebro de manera indeleble rotulador a través de una retina distraída en el chiste y estúpida. Un guión estudiado al milímetro, para no desmerecer la revelación a la estábamos llamados en la casa del señor. Nos fueron convirtiendo en apóstoles uno a uno, pasando de largo las varias docenas. En cada exposición había un chiste y un juego. Y todas, repito todas, escondían un conjuro, una moraleja que habíamos sido estúpidos de no haber visto antes. Qué desgraciados vivíamos fuera de esas enseñanzas oh Señor. Pero tú fuiste piadoso y benevolente conmigo y me acogiste en tu seno, para hacerme llamar hijo tuyo.
Uno de los ponentes asegurando trabajar en la mejor compañía del mundo desplegó una bandera enorme con el Logo. Ese fue el momento más emocionante, en el que el Logo como supremo resumen de un estilo de vida se nos mostraba hondeando al nulo viento de cuatro paredes, para gloria de los caidos y los que están por caer. Y los aplausos rabiaban en manos de los sanados. un ejército de Lázaros objeto de un milagro, ver la luz, la verdad y la vida, en un trozo de tela. Un nuevo amanecer nos espera, y se hudirán en el fango nuestro rivales, menos Toyota, que también es monoteísta.
Se habló del amor a la empresa, de sentirla como propia. Un incauto desgraciado en su atropellado destacar habló de la política de la empresa. Pobre imbécil. La semántica de la doctrina se alzó súbito, y le corrigió vehementemente. El que más manda de los que más mandan, le explicó que somos Compañía, que no empresa, y que tenemos Cultura y Valores que no política.
Y es cierto, en esa sala no se hizo política, se hizo religión.
Pero mentiría si dijese que no aprendí nada; aprendí algo muy importante que no sabía hasta ese momento: Yo amo a la Compañía.
Dios bendiga a America

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