domingo, abril 06, 2008

Sale al escenario. Al otro lado de la fama ciento y... personas gritan su nombre y algunas frases ingeniosas que no son para el artista, que es imposible que les escuche, sino para la chavala que les ha tocado al lado. Pero los aplausos de inicio son para Enrique González. Quique para los del gremio.
Yo estoy entre el público, he intentado apretarme dos cervezas precipitadamente antes de que empiece, molestamente puntual, el espetáculo. Pero el ciego expreso no ha llegado todavía y no llegará en toda la noche.
Empieza con una versión rockerizada de una canción que sí me suena aunque no acabo de conocer la letra como los que me rodean. Yo, y tú también, nos hemos pasado una semana poniendo el último disco, y motivo principal de la gira, una y otra vez en el coche para ver si lo hacía mío, antes de la fecha. Pero al igual que el ciego pretendido con urgencia, el amor a la letra de las canciones más jóvenes no ha llegado todavía, y quizás tarden unos meses en ser amadas o se queden para vestir santos. Total que después del arranque inicial que prometía, se camufla el tío entre baúles y percheros (veáse gira "Nos sobran los motivos" de J. Sabina, o la etapa Duque Blanco de D. Bowie ) y se parapeta tras las teclas de un teclado y no de ginebras que era lo que procedía para forjar leyenda.
Y el caso es que a mi me gusta el chaval. Y le he hecho publicidad y le he dado dinero. Pero no sé porque decidió ponerse poeta sin serlo y nos soltaba canciones que había escrito en el baño esa tarde, bajando las luces hasta el sopor, jugando bromas estúpidas a la primera fila y convirtiendo al resto de veinte euros que estábamos allí, en mirones con derecho a roce.
Para mayor calvario alternaba algunos títulos más conocidos o animados, y justo cuando conseguías creerte que aquello iba en serio y que en cualquier momento iba a ser un concierto en directo, salía el Antonio Gala que llevaba camuflado esa noche bajo la barba y nos deleitaba con otra canción desconocida y aborrecida a partes iguales por los presentes.
Para rematar el asunto la acústica de la sala no acompaña. Pero eso ya lo sabía yo de antes, que las fábricas molan mucho como espacio rehabilitado en sala de conciertos, y puede ser que en Barcelona esto mismo les haya salido bien, pero hay que poner unos radiocassetes de doble pletina para que el invento tire. Mierda de luces, mierda de sonido, mierda de equipo técnico.
Lo único las dos últimas canciones. Buenas, conocidas y no demasiado trilladas. Cuando seas una estrella ya sacarás un disco neo-experimental con bandurria afgana poniendo música a unos poemas que hayas escrito cagando y sin lápiz. Hasta entonces, greatest hits Mr. González.
Hágame caso.

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