Ya es de día. Salgo de mi apartamento y me meto en un taxi que tarda quince minutos en recogerme. No puedo volver a llamar a la compañía de taxis desde que dejé a un paquistaní tirado debajo de mi casa con una carrera de cientocincuenta zlotys. Ahora mismo no podría repetir bien aquí cómo fue esa historia, pero creo que subí y me puse a dormir sin bajar a darle el dinero al tipo aquel sucio. No os importa.
Tardo otros quince minutos en llegar a la calle Mashen. El taxista no era paquistaní pero llevaba su mismo perfume. Ha insistido en desviarse para enseñarme algo que estaban construyendo. Yo intentaba pensar en otras cosas, pero tenía la radio hablando de la arquitectura del nuevo milenio en la ciudad y su relación con las neveras. Yo llevo viviendo en una nevera ocho meses. O algo así.
Lo que quería enseñarme era un metro nuevo que han puesto en uno de los suburbios de Gdansk. Y se ha tirado piedras contra su propio tejado, porque la próxima vez cogeré un asqueroso vagón de metro con olor a poesía, pagando una décima parte de lo que me está costando este trayecto, que aún no tengo decidido si pagaré o no.
LLego a la casa esa. Subo por unas escaleras donde hay mierda y más mierda, y me espero a encender un cigarrillo a cuando haya pasado el vicio de la puerta. Seguro que en alguna habitación están fornincado pero no soy yo. Es de una familia de clase media, que nuestra boyante economía de mercado ha invitado a comprarse un chollo en los suburbios. En el patio interior hay un jardín. LLeno de escombros y muebles viejos. Desde aquí deberían hacer un programa de televisión. Es fantástico el zoo que se está creando en los barrios del norte de la ciudad, donde los camellos y las familias de los estibadores están viendo llegar a la clase media con cuatro trofeos metidos en la maleta. Yo pago al mes más de dos mil zlotys por una ventana y una cama que me hacen la vida maravillosa. Yo soy del sindicato, soy de lo que haga falta ser en realidad. En no se qué película vi una casa como la mía. En la de los blues brothers creo. Pero ellos tenían el tren debajo de casa, yo tengo que caminar hasta la parada de los taxis. Maldita sea, ¿por qué no pagué algo al moro ése?
No me bebo nada en toda la mañana. Unos sorbos de limonada y dos o tres cigarros. Creo que el paquete nuevo se ha quedado en el taxi. El señor de la casa me pregunta si sé de nuevas posibilidades de negocio. Y me entran ganas de proponerle que me venda a su hija pero me callo. La educación es fundamental, y la falsedad más en este tipo de ambientes. Y en todos. Pero me la hubiera follado allí mismo encima del couscous. Aunque supongo que con la fuerza se le habría metido un poco por el culo.
Era como rusa. Un poco rusa. Eso me pone.
Y la he visto fumando a escondidas al volver el bloque de pisos. Me han entrado ganas de mear, pero no de subir las escaleras y al ir a descargar al volver la esquina la he sorprendido fumando, como si fuera una actriz de cine. Serás una putita estupenda, he pensado. Yo no lo hago muy bien, pero tú vas a hacer muchas mamadas créeme. Tenía cierta gravedad en el rostro, me ha mirado tranquila e impasible y ha seguido fumando. Me ha jodido la meada, pero me ha dado recursos para esta noche.
Vuelvo a las mesas.
Si vivo en un zulo ¿qué negocios cree que conozco míster mierda? Y aunque supongamos que los conociera ¿va a ser usted mi aval? Venda lo que le quede y fóllese a su hija antes de que le baje la regla. Imbécil.
He pensado.
No me gusta ser desagradable pero alguna gente me obliga. Y suena a me obligan las voces, pero es que de verdad no tengo ganas de ser simpático hoy. Además no tengo el calor de un bourbon en la garganta.
Otro cigarro.
Salgo de la fiesta y cojo otro taxi. Esta noche voy a dormir bien. Me voy a hacer un café y una paja pensando en la rubita. Umm.
Fóllesela imbécil.
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