sábado, mayo 10, 2008

Antes de hablar de París, voy a publicar aquí la reseña del concierto al que asistí anoche.
Jorge Drexler, Palau de la Música de Valencia. Sala Iturbi.
Yo había estado todo el día haciendo cosas que no debía. No había bebido una gota de alcohol ni había tocado todavía el contrabajo. Todos sabéis lo que me gusta el pretenderme alcohólico, cuando el certero lo es a escondidas y nunca público, de ahí lo del anónimo. Pero yo os lo hago saber una vez más, para forjar leyenda, que luego no se diga, joder. No había bebido nada ese día digo.
Puntualmente encontrada mi butaca en un lugar bien majo, descubro un cable de acero trenzado naciendo del que había de ser mi respaldo. Una amable señorita vestida de azul telefónica se me acerca y me propone, no sexo sino un cambio a unas localidades para invitados que doblaban el precio que mi acompañante y compañía había pagado por mí.
Sentado cual concejal progre, drogadicto de renombre o incluso arquitecto, no veo apagarse las luces y aparecer un Drexler vestido con chaqueta y corbata de nudo descuidado.
Guitarra en mano fotocopia un agradable espectáculo made in Estocolmo, siguiendo un guión que dice desatender en todo momento en favor de su público.
Me gustaron mucho las bromas entrecancioneras. Unos gags que respondían al imprevisto muy bien colocados. Como mi butaca.
Canciones conocidas de las de cantar, nada de Quique González. Ni rastro de oscar alguno en éste lado del río. Versiones algo arriesgadas pero de agradecer; como un Volando voy llevado a la milonga. Y una versión de Leonard Cohen con un sólo foco iluminándole en el escenario. Una primera parte de la versión, intenta seguir la senda vocal del propio Cohen, en lo que me gustó interpretar como una muestra de respeto al que escribe y no canta. Y una segunda parte traída al Montevideo del Mediterráneo en el que no tuve tiempo de cenar anoche.
Muy bien Jorge. Tu mujer me cae mal, y en directo no te hará sombrá, te lo digo yo. Preocúpate por el privado pero no por el directo. Que doy fe de que desgració dos discos de una en la Roxy.
Pero tú muy bien. Dos cero. Sí señor.
Al final el público coñazo incordando con tres bises.
La acústica de la sala, ni la comento. Vayan ustedes. Si es para música clásica imaginen una guitarra uruguaya.
La ley de Lavoiser. Algo de Pablo Milanés.
Tu beso se hizo calor, y el calor movimiento.
Al salir lluvia fina hasta el coche que conduzco solo, escuchando el boletín de la una de la madrugada, faltando horas para el alba, una ciudad sin coches me acompaña hasta la cama.
La luz de las farolas reflejándose en el asfalto mojado. Guiño.
Mañana hablo de París. Y les cuento.
De momento, Jorge Drexler.

No hay comentarios: