sábado, mayo 24, 2008

Cartago no huele a rosas frescas. Ni está toda llena de niebla al bajar del avión.
Pasé unos días en casa de una señora amante de la cultura y la incultura españolas. De Pirineos para abajo todo parece una fiesta.

Recuerdo que gastamos el primer día viendo el Vaticano, y la torre de Babel. He olvidado la lengua de Troya más de lo que debería.

Goytisolo y un poco de Salvador Allende.

No huele a queso fuerte ni a vino rojo. He comido todo lo que pone en los dictados. Una urbe construida a base de bulevares inmensos de acera a acera opuesta. Con mucho de expoliado y un poco de conquistas varias. Dama de edad en un burdel lleno de oropeles y fastos de otra época en que la gloria estuvo más cerca de convencer al mundo con algo parecido a la certidumbre de su existencia. Una señora con ropas a punto de pasar de moda, pero de buen tejido. Atufando a perfume de ámbar. Ésa es Cartago.

La chica tímida de la película. La que quiere cambiar el mundo y se deja follar impasible. Las escaleras del Sagrado Corazón y los tejados de pizarra. La casa de Victor Hugo. Y las tumbas. Sobretodo las tumbas, tiradas por el suelo siendo último refugio de cantantes, cabareteras y semidioses. ¿Hasta qué punto es lícito robar flores a los muertos para ofrecérselas a un poeta víctima de su ignorancia?

La Torre de mil hierros abusando de todos los horizontes. Persiguiendo a las fotografías en blanco y negro. Portada de discos de Gainsbourg y de cajetillas de tabaco. Triunfos llenos de ambición y soberbia. Carne cruda y pañuelos en el cuello para los chicos. Flequillos de patrón para los universitarios.

¿Y la playa prometida?

Un Mayo desmayado detrás de otro. Historia adoquinada hasta la puerta del cine. No supe encontrar las columnas con los carteles de comunistas estrellas de rock.

Judíos con barrio propio. Con su tierra prometida en tierra de borbones. Una chaqueta de fieltro verde como recuerdo. Puentes nuevos. Con pretiles llenos de libros y chatarra para nutrir mi Diógenes crónico de meter mis figuraciones en un baúl. El arquitecto pretencioso de Nuestra Señora y la librería con literatura shakesperiana.

Sopas de cebolla y una botella de vino de última hora en el aeropuerto. Tampoco vi tanta luz. Cruasanes con mantequilla, y la lavandería que queda muy cerca de tu casa. Los latinos y su barrio prostituido por los platos rotos y las réplicas de la torre que quisisteis tirar abajo. La misma desde la que desayunar como descanso a su asedio constante.

Las vanguardias y el mejor principio de siglo que tendremos nunca. Papá cuéntame otra vez como mentisteis a vuestras conciencias durante un mes entero. Qué curioso que mientras en Latvia hacían lo propio para librarse de los libros rojos, aquí buscaban un dictado particular que les prohibiese ser desgraciados otra vez más.

La orilla izquierda del río en la única noche en que podíamos emborracharnos. Con una botella de ron para demasiada gente. Y un restaurante demasiado caro. Todos los chicos y las chicas de mi edad pasean por la calle de dos en dos. Soñadores y dos días en.

Un apartamento cerca de la ópera y del bar de la libertad. Convertido en incesto de dos amigas, un imbécil y un estudiante de última hora con sexo a la italiana. En espera de visitas atropelladas. Mensajes de texto, y metros que llevan hacia el séptimo sexo. En una misma semana.

Nada de drogas. Eslogans pese a la Ley de 1881. Ujieres que cierran el paso al mito. Muertos ilustres en tumbas decepcionantes. Y mis intenciones, más decepcionantes si cabe. Dos billetes de metro para el centro de Cartago.

El general ya no tiene quien le escriba. Golpes de estado. Pablo Picasso y discos de vinilo. Santiago de Chile en una cama para tres. Las paredes del baño se agrietan pero queda un poco de vodka sobre la chimenea, que hace años que no se usa. Hey Joe, dondequiera que vayas con esa pistola, déjalo estar. No necesito paraguas, ni volver a casa todavía. Sigamos empujando carros de ilusiones y montando en bicicleta.

Un muro lleno de te quieros y te quieros que se estampan contra un muro de altanería. Contrasentidos encuadernados en piel. La facultad de derecho y blanco con licor de frutas silvestres. Gafas de sol nuevas, en recambio de otras rotas. Cristales para una pirámide enterrada en cuadros de escaso valor. Postales de tertulias, y camisas a cuadros.

Te sienta bien el vestido brillante sin collar que valga. Feliz cumpleaños y tres globos encima de la cama. El ascensor lo añadieron después, encajando las fobias en el hueco de la escalera. Claro que antes vivían carpinteros y mosqueteros. Demasiados barrios para un mismo cosmos. Cócteles y té con leche.

Las vistas más bonitas desde la letanía. Miedo a tener que ser lo que se era antes de la diáspora. Al final de la escapada queda pavor y una moleskine llena de garabatos de escaleras y esculturas. No es tan malo ser quienquiera que seas.

La invención del dirigible, y la esquizofrenia como fuente de inspiración. Libros de fotografías para suegras postizas. Milán, Berlín, York la nueva y una ciudad a orillas del mediterráneo. Irremediable entrópico destino.
Calles pisadas con orgullo. Mi querida revolución para mañana. Procastinada una vez más. Volveré para desenterrar la playa. Lo juro. Aunque no hubiese nada en Cartago que no hubiera imaginado ya.

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