Tengo el género jazzístico abandonado. Debe ser que ahora que tengo sexo frecuente no necesito pasear semejantes tostones en la guantera. Hasta incluso he llegado a llevar una foto de Art Pepper en mi billetera.
Pues resulta de que, el otro día estuve recordando los días que pasamos en Madriz el pasado invierno. Y me vino a la memoria una historia que quería dejar aquí por escrito para mayor grandeza de mi persona.
Nosotros teníamos habitación en un hotel de puta madre muy cerca de la calle Montera, donde las putas y las tiendas de compro oro. Que es un lugar estupendo para estar en esa ciudad un par de días. Los locales negarán mi piropo a la subida de Gran Vía, pero es porque leen demasiado los periódicos.
El caso es que teníamos cerca de casa un antro que se llamaba Cocktail o algo así, una tienda de tatuajes, otra de fotografía y señoronas por doquier.
Pues la noche en cuestión que os comento fuimos a cenar algo no se dónde, y después pusimos rumbo con croquis en mano a un club de jazz. Bar&Co. En la calle del barco. Guau.
Todo club de jazz que se precie y quiere salir en las guías y que los aficionados digan guau, debe estar en una zona deprimida de la ciudad. Sin necesariamente tener que estar en la periferia debiera buscarse una manzana podrida y llena de gusanos para plantar el chiringo.
Forma parte del concepto. En un hotel no vale igual Woody Allen.
Yo llevaba unos horteras gemelos bañados en oro que ya os conté su nacimiento. Y los escondía estirando las mangas de la chaqueta para evitar tanganas sorpresa.
Caminábamos escondiendo el mapa entre putas con ganas y sin, negratas, camellos y demás fauna. Torciendo calle sí, calle no; llegamos a una entrada custodiada por eslavo de pro, nos dimos paso hacia unas escaleras que nos sumergían en un subterráneo amplio, lleno de humo, poca gloria y paredes oscuras.
Increíble. Era noche de jam session. Sobre el escenario se repartían los aplausos un negro amorrado a un saxo pidiendo oxidarse y una rubia de bote embutida en un traje de maria carey.
Tocaron estándars, y alguna cosa sudamericana. Pero muy bien. y creo recordar que hubo un cambio de batería y tal.
Había mesas de a dos con lámpara fundida. No pudimos tener una de ésas. Estuvimos detrás apoyados en una columna oliendo a hashis y al olor del negro salivario.
No paraba yo de pensar que así debía de ser el Village Vanguard o el Half Note de Nueva Cork. Que servían sandwiches y crepes mal hechos a una audiencia maltratada. A las doce tenían que cerrar el local porque finalizaba la licencia de venta de alcohol. Y entonces se explicaba cada noche a los clientes que los que desearan permanecer en el local podrían hacerlo, pero que se interrumpía el servicio de bebidas alcohólicas y se bajaba la persiana de la calle. Altas temperaturas y refrescos.
Y allí no se marchaba ni dios. Se prolongaba la velada dos y tres horas más, bajo los soplidos de John Coltrane.
Pues eso que fue como estar en el Half Note por un momento. Y a la salida no estaba el puente de Nueva Jersey como en el de mi memoria, pero sí la Telefónica, los teatros y una pelea callejera a hostia limpia.
Calle del barco número nosequé.
1 comentario:
Solo dire dos cosas
-El local de jazz de hajime (watanabe si no se recuerda su nombre)
-maracujazzzzzzzzz!!!!! :)
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