Acabo de decidir que aquello que discutimos de la tangencia a nuestra generación tirada a la basura, es imposible. El otro día entraba yo a la ciudad embriagado por la proliferación de un tiempo a esta parte, de rascacielos de apartamentos, hoteles de cinco estrellas y centros de negocios jugosos para los siervos del terror. Di con todo el horizonte de la ciudad en la que me doy muerte, sucio de hormigón y vidrio. Me llamó un amigo y compañero en fragores y me dijo que nos olvidáramos de lo de la tangencia. Resulta de que mi último refrito, un escritor maldecido y maldito de nuestros queridos noventa, que tampoco es que sea un fiera, pero luce bastante en las sobremesas, por lo poco estudiado que está por nuestra quinta; y la última musa cantarina de mi compadre, habían tenido un pasado en común casi tan interseccionado como nuestro presente. El tito Ray y la Rosenvinge habían yacido juntos, copulado escuchando a los subterráneos y zascandileado por las tascas de Madriz, mientras nosotros lamíamos tetas a pares.
Esto no vino si no a confirmar que la tangencia es inalcanzable. Yo que tan orgulloso estaba de haberme iniciado en la lectura de un zángano oculto gracias a un reportaje de televisión visto en un hotel a las tres de la madrugada, me daba de bruces en ese precioso instante con una realidad tan devastadora que de un plumazo, de un wikipediazo aplastaba a mi fichaje y a tu estarlet decimonónica cogidos de la mano. Con la de horas que pensaba yo llenar contando la vida y milagros del parroquiano. Ahora tendremos que organizar un viaje al barrio de la boca para compensar.
Demostrado queda pues que todo lo que creamos (de creer y de crear) puro y nuevo es mentira. Nacido bajo nuestro secreto, y promocionado entre nuestros congéneres como fruto del azar al que nuestro modernismo nos avoca por casualidad, falta a la verdad. Nosotros forzándonos a redecorar nuestra vida y la de nuestra prima, para como estos textos ejemplifican, vender al por mayor lo atenazados que estamos por la cultura díscola y la bohemia que destilan nuestros poros. Sudando originalidad por los cuatro costados. Y el de al lado, el tecnocasa, está haciendo lo mismo. Y vuelvo sobre lo escrito una vez más. No me canso. El austero de Auster, el cine japonés, el ifon, el sifón, el susi, la susi, el jaz a los veintipocos, las camisetas de colores, las toreritas de cuero negro, el pelo despeinado, los aeropuertos, las fotos en be barra ene, la angustia existencial, el libro en la mesilla del coche, ray loriga, kiss efeeme, blogs, logs, clicks, veintes, caralibro y demás plataformas de pajilleros y espía-novias, están sufragados por nuestro sufragio universal en positivo. Un Sí, Quiero dicho a coro por una degeneración más vacía que la anterior, y así sucesivamente, hasta el latinkinismo exacerbado, el flequillo tapaojo izquierdo, los romances químicos, la impostura y la pubertad eterna, que aleja del Cetme montado a oscuras, la ostia a tiempo, y la primera comunión.
Imposible ser tangente en un espacio no euclidiano. Una generación tirada a la basura.
Esto no vino si no a confirmar que la tangencia es inalcanzable. Yo que tan orgulloso estaba de haberme iniciado en la lectura de un zángano oculto gracias a un reportaje de televisión visto en un hotel a las tres de la madrugada, me daba de bruces en ese precioso instante con una realidad tan devastadora que de un plumazo, de un wikipediazo aplastaba a mi fichaje y a tu estarlet decimonónica cogidos de la mano. Con la de horas que pensaba yo llenar contando la vida y milagros del parroquiano. Ahora tendremos que organizar un viaje al barrio de la boca para compensar.
Demostrado queda pues que todo lo que creamos (de creer y de crear) puro y nuevo es mentira. Nacido bajo nuestro secreto, y promocionado entre nuestros congéneres como fruto del azar al que nuestro modernismo nos avoca por casualidad, falta a la verdad. Nosotros forzándonos a redecorar nuestra vida y la de nuestra prima, para como estos textos ejemplifican, vender al por mayor lo atenazados que estamos por la cultura díscola y la bohemia que destilan nuestros poros. Sudando originalidad por los cuatro costados. Y el de al lado, el tecnocasa, está haciendo lo mismo. Y vuelvo sobre lo escrito una vez más. No me canso. El austero de Auster, el cine japonés, el ifon, el sifón, el susi, la susi, el jaz a los veintipocos, las camisetas de colores, las toreritas de cuero negro, el pelo despeinado, los aeropuertos, las fotos en be barra ene, la angustia existencial, el libro en la mesilla del coche, ray loriga, kiss efeeme, blogs, logs, clicks, veintes, caralibro y demás plataformas de pajilleros y espía-novias, están sufragados por nuestro sufragio universal en positivo. Un Sí, Quiero dicho a coro por una degeneración más vacía que la anterior, y así sucesivamente, hasta el latinkinismo exacerbado, el flequillo tapaojo izquierdo, los romances químicos, la impostura y la pubertad eterna, que aleja del Cetme montado a oscuras, la ostia a tiempo, y la primera comunión.
Imposible ser tangente en un espacio no euclidiano. Una generación tirada a la basura.
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