El cielo de Madrid no puede ser el cielo de lo nuestro. Entre otras cosas porque no es tan cierto lo de que se crucen los caminos. Ni tampoco está garantizado el acceso gratuito al cielo previo paso por esta ciudad. Cielo desplomado con equilibrismos sobre las cúspides de los edificios más altos. Cuantas veces he estado no he visto ninguna jeringuilla en el lavabo de caballeros. Las calles están lanzadas por un tiralíneas inexperto. Compuestas con desorden, como queriendo rellenar un espacio blanco sólo por necesidad. Cruce de renglones torcidos y de bienvenidas a ninguna parte. Extranjera en su territorio. Cuidad de nadie. Ni dios ha alquilado nada por estos lares. Lugar del sueño americano, de profetas de imposibles y de poetas sin posibilidades.
Economía de un fracaso bien lucido con papel charol. Rebosante de desidia en sus esquinas, caminantes sin camino ni siquiera al caminar. Toreros, artistas, madridistas, tránsfugas, dolores de cabeza, artequitectos, desgraciados, marionetas, meapilas, sueltachapas, chaperos y una niña con un bonito sombrero. Cautivos y desarmados deambulando entre las botas de los limpiabotas sin mucho dinero. Perico Chicote y las copas de vino español.
Y es que me encanta bajar Gran Vía de Callao a Cibeles, tantas veces como sea necesario. A ver fauna y flora. Tomar copas en Galaxia a mediodía, escenario de tanto bueno. Subir al Faro a ver el mar. Leones fundidos con los cañones de la guerra de África, de cuando aún teníamos ganas de ir a las guerras. Comer codillo en Edelweiss, con sorbete de limón antes de atacar la copa fuerte. Olvidarme de Lucio y su puta madre cada vez que lo pienso. Incluso cuenta la leyenda y Julio Llamazares que se quedan atrapados los pájaros en la tripa del caballo que monta Felipe III en la Plaza Mayor.
El Bar&Co, que ya conocéis de entregas anteriores, con su negro y todo. El MoMA de Atocha sin latas de sardina pintadas de verde claro. El botánico justo al lado del acojonante Ministerio de Agricultura, reflejo de lo que nos dio de comer a las tres mitades antes de comer cemento y chiringuitos. La macetera que le han puesto a los muertos por infieles y por madrugadores. Mi querido Café Gijón, sin nadie que le escriba. Las trincheras de Rosales, última defensa de la capital y firme defensa del acertado No pasarán.
La más señora de toda esta puta España; que si dije de París que era una madurita con carnes aún para la Pascua de Resurrección, a ésta no le faltan polvos en el camerino. Mientras la capital del mundo lleva dos días en el mapa y sólo ha sido, es y será por siempre neoliberalista tu ya has tenido tiempo de ser fascista, comunista, anarquista, absolutista, carlista, republicana en semana santa, francesa, mora, caótica apostólica y romana. Una contradicción en tí misma, como casi todas las mujeres de rompe y rasga. Embargada una y mil veces, troyana, asesina, engreída y pécora remilgada. Prostituida hasta la extenuación. Falsificada al por mayor, desagradecida. Tonta no ves que estoy contigo, que le he dado viento a tu hermana gemela con aires europeístas y acento del este. Y me he quedado con tus ministerios, tus coches bomba, tus putas de la calle Montera, que he dejado los grafiti, y la gente guachi-bum, y las exposiciones de la lata de sardina. Ahora quiero Velázquez y Goya. Malasaña y La Latina. Además piensa que de maricas y de magrebíes tú tampoco vas mal, aunque los tuyos no hagan sesiones de technopower ni grupos multietnicos. Los tuyos zorrean y se inmolan, pero aún así también molan.
Y un agujerito para verlo, verdad. En absoluto te daría mi renglón en el padrón, pero para ir al teatro a ver comedia, drama y musical, me vienes bastante bien. Ombligo obligado a creerse el centro del mundo. Eres mi preferida de entre todas las ciudades en las que no viviría jamás.
Economía de un fracaso bien lucido con papel charol. Rebosante de desidia en sus esquinas, caminantes sin camino ni siquiera al caminar. Toreros, artistas, madridistas, tránsfugas, dolores de cabeza, artequitectos, desgraciados, marionetas, meapilas, sueltachapas, chaperos y una niña con un bonito sombrero. Cautivos y desarmados deambulando entre las botas de los limpiabotas sin mucho dinero. Perico Chicote y las copas de vino español.
Y es que me encanta bajar Gran Vía de Callao a Cibeles, tantas veces como sea necesario. A ver fauna y flora. Tomar copas en Galaxia a mediodía, escenario de tanto bueno. Subir al Faro a ver el mar. Leones fundidos con los cañones de la guerra de África, de cuando aún teníamos ganas de ir a las guerras. Comer codillo en Edelweiss, con sorbete de limón antes de atacar la copa fuerte. Olvidarme de Lucio y su puta madre cada vez que lo pienso. Incluso cuenta la leyenda y Julio Llamazares que se quedan atrapados los pájaros en la tripa del caballo que monta Felipe III en la Plaza Mayor.
El Bar&Co, que ya conocéis de entregas anteriores, con su negro y todo. El MoMA de Atocha sin latas de sardina pintadas de verde claro. El botánico justo al lado del acojonante Ministerio de Agricultura, reflejo de lo que nos dio de comer a las tres mitades antes de comer cemento y chiringuitos. La macetera que le han puesto a los muertos por infieles y por madrugadores. Mi querido Café Gijón, sin nadie que le escriba. Las trincheras de Rosales, última defensa de la capital y firme defensa del acertado No pasarán.
La más señora de toda esta puta España; que si dije de París que era una madurita con carnes aún para la Pascua de Resurrección, a ésta no le faltan polvos en el camerino. Mientras la capital del mundo lleva dos días en el mapa y sólo ha sido, es y será por siempre neoliberalista tu ya has tenido tiempo de ser fascista, comunista, anarquista, absolutista, carlista, republicana en semana santa, francesa, mora, caótica apostólica y romana. Una contradicción en tí misma, como casi todas las mujeres de rompe y rasga. Embargada una y mil veces, troyana, asesina, engreída y pécora remilgada. Prostituida hasta la extenuación. Falsificada al por mayor, desagradecida. Tonta no ves que estoy contigo, que le he dado viento a tu hermana gemela con aires europeístas y acento del este. Y me he quedado con tus ministerios, tus coches bomba, tus putas de la calle Montera, que he dejado los grafiti, y la gente guachi-bum, y las exposiciones de la lata de sardina. Ahora quiero Velázquez y Goya. Malasaña y La Latina. Además piensa que de maricas y de magrebíes tú tampoco vas mal, aunque los tuyos no hagan sesiones de technopower ni grupos multietnicos. Los tuyos zorrean y se inmolan, pero aún así también molan.
Y un agujerito para verlo, verdad. En absoluto te daría mi renglón en el padrón, pero para ir al teatro a ver comedia, drama y musical, me vienes bastante bien. Ombligo obligado a creerse el centro del mundo. Eres mi preferida de entre todas las ciudades en las que no viviría jamás.
Por eso te pido que no pases demasiado tiempo en Madrid. No me hagas ir a buscarte.
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