Muy cerca de Knoxville en Tennesse, pasan la mayoría de cargueros y mercancías que viajan hacia el oeste. Ya no salvaje sino megaindustrializado.
Es un buen sitio para descansar unos minutos en un Ford azul metalizado mientras una monada te la chupa en el asiento de atrás.
En la salida norte de la ciudad, tomando la interestatal 521 hay unas cuantas carreteras que apenas se salpican de cunetas maltratadas y granjas que no llegan a verse entre sí.
Es bueno buscar alguna salida de la carretera y perseguir a las vías del tren durante un par de kilómetros. No tienen parada. Pasan lanzados a toda velocidad llenos de trigo, heno y alguna que otra paja. La luz es la intermitente de las señalizaciones de cambios de agujas que evitan el colapso de la red ferroviaria del estado. Es acogedor. Todo lo acogedor que puede ser una manta de tejido sintético, una radio rota y unos tejanos bajados justo por debajo de la bandera.
A veces la policía judicial visita los alrededores. Yo era la primera vez que iba a ver el paso de los trenes mientras me aliviaba una menor. Lo del Ford metalizado en azul va en serio. Me hicieron pagar mucho más por tener ese tono. Incluso esperé un par de semanas por un color que ahora detesto.
La judicial suele presentarse en forma de paloma y de dos tíos con traje azul oscuro y poco galón. Con lo bien escogido que había buscado yo un quiebro en el trazado de la vía, detrás de unas vallas de bebe y fuma cabrón, tuvo que hacerme luces un coche a poca distancia y pararse justo a mi altura.
Salté al asiento de delante como pude. Me eché la camisa sobre los hombros para no parecer aparte de sudoroso, gordo. Bajó un tipo de la judicial con las manos llenas de linternas que permiten dejar ciego a un alce a varios kilómetros y me apuntó como diciendo ¡te cacé cervatillo! Joder me sentí como una auténtica mierda. Sudado, con la erección en retirada, una preciosa niñita en el asiento de atrás y sin pantalones.
Supuse que me haría bajar del vehículo, pero afortunadamente no fue así. El pájaro se percató de la escena, y no atravesó en ningún momento una línea imaginarIa en el suelo que debió de trazar en ese momento el ridículo de la situación. Mientras estuviera al otro lado de la línea no vería un pito abrumado por los acontecimientos y un michelín del tamaño de un neumático.
Me preguntó la edad del regalo con el había estado charlando yo en el asiento de atrás. Le respondí unos apurados dieciocho. Y ella abrió la boca por segunda vez en la noche para decir veinticuatro.
Eso acabó conmigo definitivamente. Estaba con toda una señorita y no le había ofrecido más que un pene sucio y unas vías de tren.
La judicial se marchó por dónde había venido, a buscar posibles descargas ilegales de tabaco en mitad del recorrido de los trenes. Justo antes de que entren en la ciudad y pasen los cigarrillos a valer el triple de lo que valían mientras surcaban el desierto de Utah, libres de impuestos. Camellos que esperan a su Joe Dimaggio que les lance un paquete con felicidad Express. Y a espabilados que se limpian los vagones de la FedEx para vender lo que saquen.
Acabamos el polvo animados por la intervención de la autoridad, en un festival de jadeos y de te gusta, te gusta.
Desde luego a mí me gustó. Volvimos deshaciendo el camino por la entrada de la interestatal. Ella ya hablaba más. No quise comentar su edad. Sólo le pedí disculpas por lo absolutamente gilipollas que había sido hablando en su nombre y confundiéndola con una menor. Quise invitarla a tomar una hamburguesa o algo de beber en un autoservicio. Me dijo que no. La dejé en la primera manzana que vimos al entrar en la ciudad. No tengo su número, pero sé que se corrió tanto como yo.
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Es un buen sitio para descansar unos minutos en un Ford azul metalizado mientras una monada te la chupa en el asiento de atrás.
En la salida norte de la ciudad, tomando la interestatal 521 hay unas cuantas carreteras que apenas se salpican de cunetas maltratadas y granjas que no llegan a verse entre sí.
Es bueno buscar alguna salida de la carretera y perseguir a las vías del tren durante un par de kilómetros. No tienen parada. Pasan lanzados a toda velocidad llenos de trigo, heno y alguna que otra paja. La luz es la intermitente de las señalizaciones de cambios de agujas que evitan el colapso de la red ferroviaria del estado. Es acogedor. Todo lo acogedor que puede ser una manta de tejido sintético, una radio rota y unos tejanos bajados justo por debajo de la bandera.
A veces la policía judicial visita los alrededores. Yo era la primera vez que iba a ver el paso de los trenes mientras me aliviaba una menor. Lo del Ford metalizado en azul va en serio. Me hicieron pagar mucho más por tener ese tono. Incluso esperé un par de semanas por un color que ahora detesto.
La judicial suele presentarse en forma de paloma y de dos tíos con traje azul oscuro y poco galón. Con lo bien escogido que había buscado yo un quiebro en el trazado de la vía, detrás de unas vallas de bebe y fuma cabrón, tuvo que hacerme luces un coche a poca distancia y pararse justo a mi altura.
Salté al asiento de delante como pude. Me eché la camisa sobre los hombros para no parecer aparte de sudoroso, gordo. Bajó un tipo de la judicial con las manos llenas de linternas que permiten dejar ciego a un alce a varios kilómetros y me apuntó como diciendo ¡te cacé cervatillo! Joder me sentí como una auténtica mierda. Sudado, con la erección en retirada, una preciosa niñita en el asiento de atrás y sin pantalones.
Supuse que me haría bajar del vehículo, pero afortunadamente no fue así. El pájaro se percató de la escena, y no atravesó en ningún momento una línea imaginarIa en el suelo que debió de trazar en ese momento el ridículo de la situación. Mientras estuviera al otro lado de la línea no vería un pito abrumado por los acontecimientos y un michelín del tamaño de un neumático.
Me preguntó la edad del regalo con el había estado charlando yo en el asiento de atrás. Le respondí unos apurados dieciocho. Y ella abrió la boca por segunda vez en la noche para decir veinticuatro.
Eso acabó conmigo definitivamente. Estaba con toda una señorita y no le había ofrecido más que un pene sucio y unas vías de tren.
La judicial se marchó por dónde había venido, a buscar posibles descargas ilegales de tabaco en mitad del recorrido de los trenes. Justo antes de que entren en la ciudad y pasen los cigarrillos a valer el triple de lo que valían mientras surcaban el desierto de Utah, libres de impuestos. Camellos que esperan a su Joe Dimaggio que les lance un paquete con felicidad Express. Y a espabilados que se limpian los vagones de la FedEx para vender lo que saquen.
Acabamos el polvo animados por la intervención de la autoridad, en un festival de jadeos y de te gusta, te gusta.
Desde luego a mí me gustó. Volvimos deshaciendo el camino por la entrada de la interestatal. Ella ya hablaba más. No quise comentar su edad. Sólo le pedí disculpas por lo absolutamente gilipollas que había sido hablando en su nombre y confundiéndola con una menor. Quise invitarla a tomar una hamburguesa o algo de beber en un autoservicio. Me dijo que no. La dejé en la primera manzana que vimos al entrar en la ciudad. No tengo su número, pero sé que se corrió tanto como yo.
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3 comentarios:
Me imagino a un McCandless de vuelta de su promoe en Alaska, con 40 tacos, asentado en alguna de las etapas del camino.
Puto pesao, ya podría haber estudiado algo como todos. Y luego haberse pillado un tour en autobus con una sara payne que le explicara la vida sexual de los renos.
Bueno, me ha gustado mucho, un beso moreno.
guarro
la fotografía no es de Knoxville, Tennesse. Es de las afueras industriales de Moscú.
Molo más si lo digo.
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