lunes, marzo 30, 2009

Al bajar del Regional Express sacamos unos cigarrillos de nuestras bolsas de piel todavía sin haber dejado el andén número siete. Tomamos un autobús, que en apenas cuatro paradas nos dejaría muy cerca de la Basílica. Anduvimos los que eran nuestros primeros pasos por la ciudad. De la que no teníamos referencia alguna. Ni mapas ni citas subrayadas en los libros, ni locales de alterne señalados, ni historias advirtiendo de las costumbres y leyendas del lugar. Ni imágenes de televisión, ni postales.

Alejados del modernismo. De las rutas de la generación subterránea. Sin fama. Una ciudad normal que era justo lo que necesitábamos. Para dejarnos cuatro duros y pasar un par de días.

Subimos a la habitación que había reservado yo. En el último piso de un edificio de apartamentos del centro. Todos creyeron que éramos dos maricas en celo esperando la primavera. Metimos en el minibar la botella que llevábamos envuelta entre el equipaje, y bajamos a comer a un mesón de comida típica. Aunque era tarde conseguimos dejar propina y tomar cafés y licor de hierbas en abundancia. Después vimos la catedral, la basílica y la plaza que la presenta al final de la calle Alfonso. La Virgen cambia de manto cada día y si aciertas el color te toca la lotería. Echamos unas fotos y unos escupitajos en el margen del río. Un río enorme y bravo, decidido a morir en el mar. Sin cortapisas. Imposible de cruzar a nado ni aunque se estuviera ahogando Anita Eckberg.

Después fuimos al bar Brasil por entre las callejuelas del Tubo. Lleno de abuelos con carajillo, puro y alguna venérea extinguida a base de penicilina y friegas. Sucio, mugriento. Con la televisión a todo meter. Con carteles del equipo local amarillentos y de esquinas dobladas. Tomamos copas. Y empezamos a fabular sobre la noche en un escenario ajeno, indómito y desconocido. Gracias a un camarero acabamos en El Plata, club de striptis con espectáculo de revista reabierto tras la dictadura. Conocimos a unas chicas que estaban también de paso por el local. Y nos quedamos a ver el sou pagando el segundo pase otra vez. Emborrachándonos entre travestis, chistes malos y penes haciendo el molinillo.

Y la historia acaba con dos fulanos solos y desdichados en una esquina sentados en el suelo, con una cristalera amancioorteganiana como respaldo a escasos quince pasos de la cama que han pagado. Esperando al alba para ver si les puede amanecer algo de cordura con el rocío. Terminando el último pito a medias. Pasto y blanco de negros y demás premiados acechando el gesto del ebrio que entrega la billetera al descuido de la poca dignidad que le queda por fumarse esa noche. Sin gin ni ton ni sol.

Al día siguiente el autobús, las cuatro paradas, el cigarro del andén número siete, un bocadillo, el Regional Express averiado durante horas a la altura de Cariñeña y la Basílica despedida sin mucha ceremonia.

Adivinen destino por fotografía y descripción, queridos lectores, que pese a que no figure en los listados de cumbre y pasarela, tengo por seguro que sabrán de que lugar les hablo. Aunque hasta ahora nadie haya querido acordarse de él para sus farándulas y ajetreos.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

zaragoza

jister dijo...

bingo !