miércoles, diciembre 12, 2007

No sólo hacían sexo por tener sexo. Se miraban a la cara en lo que duraban sus actos. No era amor aquello. Era mucho más divertido que salir en televisión. Muchas veces abandonaban la penetración a mitad del acto y se dormían sin haber alcanzado el orgasmo. Se besaban las comisuras de los labios. Se escupían saliva. Y se mordían los párpados sin ningún cuidado especial. Él le aplastaba las costillas dejando caer su peso muerto sobre ella. Obligándole a contener la respiración y dosificar el aire de sus pulmones para seguir viva.. Obligándola a coger su pene con las dos manos. Se miraban reflejados en la contraventana y sonreían a los extraños excitados que se daban placer al otro lado de la imagen. Podían tener sexo incluso dormidos. Cada día más flacos. Malcomiendo sobras de grandes cenas servidas en la cama y sin bandeja. Se masturbaban en silencio uno al lado del otro. Durante horas. Sin nada que decir, rara vez llegaban a correrse al mismo tiempo. Pasaban tardes enteras metidos en la cama. Escondidos de la vida bajo unas sábanas teñidas del color que deja la lejía. Los días nublados eran empleados en follarse mutuamente y en leer libros de Simone de Beauvoir. Recuerdo una vez en que él la penetró mientras ella permanecía tumbada leyendo un poema en voz alta. Y estuvo repitiéndolo sin prestarle atención. Una y otra vez. Y cada vez que lo terminaba lo comenzaba de nuevo, con un ritmo pausado y sereno. Ajena al hecho de estar siendo penetrada. Hasta que él eyaculó entre sus muslos. Y ella terminó el poema por última vez. Y se durmieron uno al lado del otro. Esperando a que la mitad de la noche despertara a alguno de los dos para seguir deshaciéndose juntos. El aire de la habitación estaba viciado, pero parecía no importarles. Nada perturbaba sus maratones de sexo y literatura. A veces tomaban té con un chorro de vino blanco caliente. Casi nunca fumaban y no escuchaban más música que el ruido de la calle Anvergien amortiguado por las ventanas que les devolvían sus miradas reflejadas en la cara interior de los cristales. Creo que era invierno aunque no estoy seguro. La televisión permanecía encendida durante días con el volumen al tres, dando la única luz de la madrugada a toda la habitación de paredes de color carmín. Una habitación roja con vistas hacia adentro. Se habían olvidado del sol hacía meses. Del sol y de respirar.

Luego se dejaron de ver. Ya para siempre.




N. del A. .- Este artículo está escrito tras el visionado de la película “9songs” dirigida por Michael Winterbottom.

1 comentario:

jose_real dijo...

Tio despues de leer tu blog, me da la impresion de que el mio es una mierda!ya tienes a un asiduo mas


felicidades