Últimamente ando buscando un trabajo. No va a ser el trabajo de mi vida, ni el que alimente a mis hijos si los tengo, y/o a mis bajos instintos que seguro que los tendré, pero el caso es que tengo que buscar una empresa que dé cobijo y cobertura a mis conocimientos acumulados en el campo del diseño de mierdas varias y la gestión posterior de las mismas en la cadena de valor. Amén.
Por éstas ando vistiéndome de dandy con pantalón oscuro y camisa marcando el planchado en la manga. Que no es que me importe, más bien al contrario, me agrada sobremanera aparentar lo que no soy. En realidad es absolutamente innecesario que me atavíe de esa guisa para hablar con unos señores que, o no son responsables de mi incorporación a la susodicha empresa, o siéndolo no piensan procurármela. Pero oiga no le voy a negar que el darse uno un poco de colonia y cepillar los zapatos por la mañana escuchando hervir el agua del café, le da a un mierda como yo un toque sofisticado.
Estoy fascinado yo con los tipos de ocho a dos, como los llamo yo despectivamente (desde mi posición de niñato pijo malcriado como casi todos los de mi generación), cuyo nombre completo es de ocho a dos y de tres a cinco, pero para abreviar lo dejo en la primera parte solo. Pues esta gente me tiene enamorado. Los veo en sus almuerzos de media mañana, yo que me he hecho mi buena paja en la ducha dejando correr el agua caliente por la espina dorsal. Luego he tomado un café con un bollito y un zumo de naranja, que algunos hoteles lo llaman a eso continental y en mi casa se llama desayuno, y me he escuchado el boletín de las nueve y media en radio nacional. Joder da gusto salir así a la calle. Así deberían empezar todos los días de mi vida. Todas las vidas de mi día también. Que piso la calle con un sol que luce ya en lo alto, no una mierda de anticipo tímido del día por venir como ven los demás. Yo nada, sol justiciero. Y con sus tiendas abiertas, compra uno un bono de transporte en el estanco y tiene las tiendas una detrás de otra todas para él. Dejo pasar un autobús o dos, o a veces voy caminando. Porque a mí me han dicho que se me espera de once a dos para hablar con un señor en su despacho. Con citas del tipo, uno demora su llegada casi de manera obligada. El propio encuentro exhorta a la pereza redomada porque lo contrario sería ir contra natura. Así si.
Que se note que el siglo veintiuno aún no está entrado en años lo suficiente como para jodernos la vida a todos. La mejor vida es la del funcionario. O la del bebé. O la del jubilado. Y una mierda. La mejor vida es la mía. Lo de pasar los lunes al sol es un privilegio cuando se tienen las espaldas bien cubiertas. Eligiendo cursos para completar mi formación. Y mirando empresas a las que mandar mis señas para hacer con ellos mis primeros pinitos en esto de la estafa y el mandangueo, otrora llamado busines.
Y claro como yo sé que a no mucho tardar seré, dios mediante, uno de los afortunados pringados de la tribu de ocho a dos que para eso nos preparan en la universidad, pues vivo estas mañanas con una suerte suprema en peligro de extintor. Y así si hay que pararse a tomar un aperitivo, se para. Que si fulanito ha salido pásate mañana; lejos de importarme se me pone una sonrisa de oreja a oreja. Porque resulta que me he llevado en la cartera de ministro que paseo ahora un libro que recoge los artículos costumbristas de Mariano José de Larra. Y me paro en un banco y me troncho de lo que escribía el condenado.
Me vuelvo a casa caminando y huelga decir que no me importa en absoluto el paseo pues sé que me espera comida y siesta con telemierda en el hostal El Estudiante. ¡Vamos, El Paraíso hecho sofá! Como te lo cuento. Que yo no sé como se vivirá en Milán ni en Estocolmo a estas alturas, pero recibir al día leyendo un poco en la cama, vestirte de romería, y pasear mirando escaparates hasta un despacho no muy lejano en el que no te recibe nadie. Eso no tiene precio señores. Lo que yo les diga.
martes, enero 15, 2008
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
1 comentario:
no tiene precio. estoy contigo.
Publicar un comentario