En un tren hacia Londres se conoció el núcleo duro de los Stones. Por el estúpido motivo de que uno de ellos llevaba unos discos de importación de Bo Diddley y compañía. En esos tiempos a los negros que se inventaron el rock and roll los escuchaban cuatro sonados de Alabama, pero nadie de la anquilosada Europa.
Yo conocí a mis Stones en un garito de fumar droga, que pronto cerraría la policía en una redada que pilló dentro por cierto a más de un conocido mío. Era una especie de Kasbah donde te tirabas al suelo y pedías té, pasteles, tabaco y hashis y te lo servían todo en una bandeja tallada y en la misma cuenta. Cuando salías de allí no sabías qué día de la semana era.
No éramos gente que trajéramos una historia común. Tampoco los de Londres la tenían. O quizás nosotros sí. Y ellos también. Pero ninguno lo sabía en ese momento. No éramos todos monaguillos, ni drogodependientes todavía, ni nos gustaba a todos la comida china.
No recuerdo bien cómo pero en unas semanas estábamos unidos alrededor de unas botellas de vodka, que era lo que por aquel entonces bebíamos. Eso lo hacían en los aparcamientos de la ciudad lo jóvenes de toda una generación, así que tampoco éramos una puta leyenda en ese momento.
Además recuerdo que yo venía de una etapa de consumo de estimulantes muy fuerte, que compensaba con narcóticos que me pasaba una lesbiana que decía que sabía lo que hacía con mi vida.
En esos días yo frecuentaba a mucha gente, y muchos lugares. No tenía a nadie a quién contarle dos cosas seguidas, pero me unía a ellos basura como el corte de pelo que llevabas, el lugar donde te dejabas caer cada martes por la noche y los antros de moda de la parte vieja de la ciudad. Incluso tenía un par de tipos en la agenda con los que quedaba simplemente para meternos en una casa, poner cincuenta dólares cada uno y drogarnos durante dos o tres días. Sin beber nada, sin música, sin luz. Nos montábamos aquel particular infierno pasajero y luego salía a una realidad que por supuesto no me comprendía.
De tías algún polvo de vez en cuando y poco más. Tampoco le dedicaba demasiado tiempo al cortejo de fulanitas con aires de grandeza. Si acaso alguna zorra que me pusiera las cosas fáciles desde el primer momento y me ahorrara preguntarle su color favorito a cambio de meternos en el baño a tomar lo que fuera. Como ir de putas con billetes del monopolio.
Vivía fascinado por las luces de neón. El dinero que sacaba debajo de las piedras y las carteras de unos progenitores ajenos a todo aquel espectáculo de serie B.
Abandoné mis estudios, por algo más artístico que pudiera liberar todo mi potencial creativo. Drogarme y ganar tiempo.
No escribía, no leía. Viajaba según los destinos que me marcaban en el inframundo. Donde iban todos los zombies en busca de una meca que casi siempre se traían de casa. Nada de televisión, ni cine, ni conciertos. Nada de nada.
Por eso yo me tomé a esta gente casi como una salvación. Mi consumo bajaría y podría seguir frecuentando lo mismo de siempre pero esta vez con mi famosa cuerda que me ataba a la orilla.
Poco a poco me fui dando cuenta, y supongo que ellos también, todos los Stones teníamos muchas cosas que nos identificaban. Ninguno era idiota, sólo estúpidos. Familias con dinero. Posibilidad de hacer las cosas bien en la vida si nos organizábamos, pero una intención de retrasar el proceso de poner orden y sacar la basura hasta que no empezaran a hacerlo todos los demás. Muchas ganas de pasarlo bien. Una gran tendencia al espectáculo, al griterío para pasarlo bien. Provocación artificial auspiciada siempre por el alcohol. Queriendo ser los reyes del mambo. Si no nos tocaba la lotería íbamos a inventarnos otro sistema de juego en el fuéramos directamente los ganadores y no volveríamos a jugar a la lotería nunca más. Niños bien jugando a ser malos y pasarlo mal. Eso, justo eso.
Así fue como de un modo natural fuimos rompiendo vínculos con todo lo que traíamos en la maleta. Se acabaron las citas, las reuniones con otra gente, los lugares que no encajarían en la filosofía del grupo. Pero de un modo espontáneo y muy suave. No éramos una secta autodestructiva. Éramos una secta con ganas de salir al escenario.
La tribu, Elclub, el chino, lo que duró el Zyriab, el videoclub-bar del Carmen. Y pocos sitios más frecuentados de manera compulsiva. Alguna señorita pasaba por allí de vez en cuando colgada del brazo de uno de los nuestros, pero era más para contarles después a los demás esto o lo otro que verdaderamente aceptarlas en el backstage.
Para animar todavía más la partida, explotó una ola de rock pop de nuevo cuño que daba cobertura a nuestras salidas. Aunque la verdadera banda sonora de todo aquello eran los Stones de Londres, los Smith, los who, los birds, Bowie, los clash, los kinks, los Doors y los jam. Sólo aceptamos de la nueva orda pop a un colgado de Londres que se ponía ciego antes de cada concierto y pegaba a la prensa. Un tal Peter D. que ya debería estar muerto. Éramos aquella gente pero veinte años después. Éramos la primera banda de la historia del rock and roll que no tocaba una jodida nota. Sólo nos quedamos con lo que era divertido. Beber, disfrazarnos, vestir con prendas estrafalarias, emborracharnos, drogarnos, gritar, escuchar discos y conciertos. Ir a discotecas debajo de puentes, hablar con los personajes de la calle. Y empezar las juergas a las doce de la mañana de un miércoles. Cantar y bailar tocando una guitarra que no existía. Y nunca existiría. Pero sonaba genial.
La gente entonces empezaba a despertar. Tenían ganas de follar y empezaban a ir a cines en vos, leer poetas franceses, comer comida de corea, e ir en bici. Pero ya era tarde, porque les llevábamos mucha ventaja. Además ya habíamos despreciado todo aquello antes de que ellos lo pusieran de moda. No es divertido porque si no ya lo habría hecho yo antes que tú. era nuestra concepción del asunto. Lo utilizábamos si acaso para tener algo de sexo, como todo el mundo pero de manera reconocida sólo por nuestra parte. Como caballos salvajes, así íbamos por la vida. Tuvimos la habilidad de mantener un pie en el suelo para seguir vivos el día de mañana cuando la película pasara a ser serie de televisión.
Los domingos pasábamos la tarde fumando en la tribu y rememorando los días y las noches de toda la semana acabada. Hablando de política también para impresionar a los demás. Alguien debería haber cogido un boli y un papel y haber puesto por escrito todo lo que me estoy dejando de lado, pero no teníamos tiempo ni ganas. Estábamos viviendo los mejores años de nuestra vida. Aquellos maravillosos años en un technicolor deslumbrante. Hacíamos apuestas para ver quién moriría antes. Nos reíamos de todo. Del cáncer, del sida, del par veintiuno, de los negros, del pelo de jimi hendrix. De los vivos y de los muertos.
Los jodidos Stones con los que todo el mundo quería tener algo que ver. Donde había una fiesta allí estaban los Stones. Con o sin invitación, para descubrir que era lo que a esa gente no le iba a hacer gracia y hacerlo. Desnudarnos, gritar, apoderarnos de su picú y poner nuestros discos, hacernos con toda la bebida y beber de la botella sin vaso siquiera. Subirnos a una mesa, cortejar a las esposas de unos maridos aburridos y torpes en su gestión del paso del tiempo. No hay tampoco demasiadas fotografías de aquellos años. Precisamente por lo mismo por lo que no hay diarios. Una cámara ocupa más que paquete de tabaco y unas llaves.
Mi casa fue escenario de muchas veladas de boxeo. Una noche hicimos un tributo a Bowie, Que por aquel entonces a mí me tenía hipnotizado. Y acabamos en el Manhattan cada uno con una camarera distinta, rodeados de negratas y con una botella en medio de la pista de baile. Al día siguiente no amaneció. Siguió siendo de noche unos cuantos días más.
Hubo también muchos viajes. Juntos o separados. Edimburgo, Barcelona, Estocolmo, Milán, Nápoles, Londres, Madrid, Berlín, Atenas, todas fueron escenario de nuestras giras.
Nos juntábamos con gente de aquí y de allí. Chicas con la cabeza afeitada, skinheads, lesbianas, maricas de todo tipo, negros, cantantes de grupos de la nueva orda, aprendices de actores, toxicómanos, números uno de su promoción. Y según la noche nosotros éramos hermanos, racistas, pintores, maricas, albañiles, putas de lujo, ludópatas o violentos. Les hacíamos un número de nuestro repertorio que sabíamos de memoria y desaparecíamos.
Fuimos la banda más grande de la historia del rock and roll.
Sin tocar una nota.
Yo conocí a mis Stones en un garito de fumar droga, que pronto cerraría la policía en una redada que pilló dentro por cierto a más de un conocido mío. Era una especie de Kasbah donde te tirabas al suelo y pedías té, pasteles, tabaco y hashis y te lo servían todo en una bandeja tallada y en la misma cuenta. Cuando salías de allí no sabías qué día de la semana era.
No éramos gente que trajéramos una historia común. Tampoco los de Londres la tenían. O quizás nosotros sí. Y ellos también. Pero ninguno lo sabía en ese momento. No éramos todos monaguillos, ni drogodependientes todavía, ni nos gustaba a todos la comida china.
No recuerdo bien cómo pero en unas semanas estábamos unidos alrededor de unas botellas de vodka, que era lo que por aquel entonces bebíamos. Eso lo hacían en los aparcamientos de la ciudad lo jóvenes de toda una generación, así que tampoco éramos una puta leyenda en ese momento.
Además recuerdo que yo venía de una etapa de consumo de estimulantes muy fuerte, que compensaba con narcóticos que me pasaba una lesbiana que decía que sabía lo que hacía con mi vida.
En esos días yo frecuentaba a mucha gente, y muchos lugares. No tenía a nadie a quién contarle dos cosas seguidas, pero me unía a ellos basura como el corte de pelo que llevabas, el lugar donde te dejabas caer cada martes por la noche y los antros de moda de la parte vieja de la ciudad. Incluso tenía un par de tipos en la agenda con los que quedaba simplemente para meternos en una casa, poner cincuenta dólares cada uno y drogarnos durante dos o tres días. Sin beber nada, sin música, sin luz. Nos montábamos aquel particular infierno pasajero y luego salía a una realidad que por supuesto no me comprendía.
De tías algún polvo de vez en cuando y poco más. Tampoco le dedicaba demasiado tiempo al cortejo de fulanitas con aires de grandeza. Si acaso alguna zorra que me pusiera las cosas fáciles desde el primer momento y me ahorrara preguntarle su color favorito a cambio de meternos en el baño a tomar lo que fuera. Como ir de putas con billetes del monopolio.
Vivía fascinado por las luces de neón. El dinero que sacaba debajo de las piedras y las carteras de unos progenitores ajenos a todo aquel espectáculo de serie B.
Abandoné mis estudios, por algo más artístico que pudiera liberar todo mi potencial creativo. Drogarme y ganar tiempo.
No escribía, no leía. Viajaba según los destinos que me marcaban en el inframundo. Donde iban todos los zombies en busca de una meca que casi siempre se traían de casa. Nada de televisión, ni cine, ni conciertos. Nada de nada.
Por eso yo me tomé a esta gente casi como una salvación. Mi consumo bajaría y podría seguir frecuentando lo mismo de siempre pero esta vez con mi famosa cuerda que me ataba a la orilla.
Poco a poco me fui dando cuenta, y supongo que ellos también, todos los Stones teníamos muchas cosas que nos identificaban. Ninguno era idiota, sólo estúpidos. Familias con dinero. Posibilidad de hacer las cosas bien en la vida si nos organizábamos, pero una intención de retrasar el proceso de poner orden y sacar la basura hasta que no empezaran a hacerlo todos los demás. Muchas ganas de pasarlo bien. Una gran tendencia al espectáculo, al griterío para pasarlo bien. Provocación artificial auspiciada siempre por el alcohol. Queriendo ser los reyes del mambo. Si no nos tocaba la lotería íbamos a inventarnos otro sistema de juego en el fuéramos directamente los ganadores y no volveríamos a jugar a la lotería nunca más. Niños bien jugando a ser malos y pasarlo mal. Eso, justo eso.
Así fue como de un modo natural fuimos rompiendo vínculos con todo lo que traíamos en la maleta. Se acabaron las citas, las reuniones con otra gente, los lugares que no encajarían en la filosofía del grupo. Pero de un modo espontáneo y muy suave. No éramos una secta autodestructiva. Éramos una secta con ganas de salir al escenario.
La tribu, Elclub, el chino, lo que duró el Zyriab, el videoclub-bar del Carmen. Y pocos sitios más frecuentados de manera compulsiva. Alguna señorita pasaba por allí de vez en cuando colgada del brazo de uno de los nuestros, pero era más para contarles después a los demás esto o lo otro que verdaderamente aceptarlas en el backstage.
Para animar todavía más la partida, explotó una ola de rock pop de nuevo cuño que daba cobertura a nuestras salidas. Aunque la verdadera banda sonora de todo aquello eran los Stones de Londres, los Smith, los who, los birds, Bowie, los clash, los kinks, los Doors y los jam. Sólo aceptamos de la nueva orda pop a un colgado de Londres que se ponía ciego antes de cada concierto y pegaba a la prensa. Un tal Peter D. que ya debería estar muerto. Éramos aquella gente pero veinte años después. Éramos la primera banda de la historia del rock and roll que no tocaba una jodida nota. Sólo nos quedamos con lo que era divertido. Beber, disfrazarnos, vestir con prendas estrafalarias, emborracharnos, drogarnos, gritar, escuchar discos y conciertos. Ir a discotecas debajo de puentes, hablar con los personajes de la calle. Y empezar las juergas a las doce de la mañana de un miércoles. Cantar y bailar tocando una guitarra que no existía. Y nunca existiría. Pero sonaba genial.
La gente entonces empezaba a despertar. Tenían ganas de follar y empezaban a ir a cines en vos, leer poetas franceses, comer comida de corea, e ir en bici. Pero ya era tarde, porque les llevábamos mucha ventaja. Además ya habíamos despreciado todo aquello antes de que ellos lo pusieran de moda. No es divertido porque si no ya lo habría hecho yo antes que tú. era nuestra concepción del asunto. Lo utilizábamos si acaso para tener algo de sexo, como todo el mundo pero de manera reconocida sólo por nuestra parte. Como caballos salvajes, así íbamos por la vida. Tuvimos la habilidad de mantener un pie en el suelo para seguir vivos el día de mañana cuando la película pasara a ser serie de televisión.
Los domingos pasábamos la tarde fumando en la tribu y rememorando los días y las noches de toda la semana acabada. Hablando de política también para impresionar a los demás. Alguien debería haber cogido un boli y un papel y haber puesto por escrito todo lo que me estoy dejando de lado, pero no teníamos tiempo ni ganas. Estábamos viviendo los mejores años de nuestra vida. Aquellos maravillosos años en un technicolor deslumbrante. Hacíamos apuestas para ver quién moriría antes. Nos reíamos de todo. Del cáncer, del sida, del par veintiuno, de los negros, del pelo de jimi hendrix. De los vivos y de los muertos.
Los jodidos Stones con los que todo el mundo quería tener algo que ver. Donde había una fiesta allí estaban los Stones. Con o sin invitación, para descubrir que era lo que a esa gente no le iba a hacer gracia y hacerlo. Desnudarnos, gritar, apoderarnos de su picú y poner nuestros discos, hacernos con toda la bebida y beber de la botella sin vaso siquiera. Subirnos a una mesa, cortejar a las esposas de unos maridos aburridos y torpes en su gestión del paso del tiempo. No hay tampoco demasiadas fotografías de aquellos años. Precisamente por lo mismo por lo que no hay diarios. Una cámara ocupa más que paquete de tabaco y unas llaves.
Mi casa fue escenario de muchas veladas de boxeo. Una noche hicimos un tributo a Bowie, Que por aquel entonces a mí me tenía hipnotizado. Y acabamos en el Manhattan cada uno con una camarera distinta, rodeados de negratas y con una botella en medio de la pista de baile. Al día siguiente no amaneció. Siguió siendo de noche unos cuantos días más.
Hubo también muchos viajes. Juntos o separados. Edimburgo, Barcelona, Estocolmo, Milán, Nápoles, Londres, Madrid, Berlín, Atenas, todas fueron escenario de nuestras giras.
Nos juntábamos con gente de aquí y de allí. Chicas con la cabeza afeitada, skinheads, lesbianas, maricas de todo tipo, negros, cantantes de grupos de la nueva orda, aprendices de actores, toxicómanos, números uno de su promoción. Y según la noche nosotros éramos hermanos, racistas, pintores, maricas, albañiles, putas de lujo, ludópatas o violentos. Les hacíamos un número de nuestro repertorio que sabíamos de memoria y desaparecíamos.
Fuimos la banda más grande de la historia del rock and roll.
Sin tocar una nota.
1 comentario:
eres todo un descubrimiento.
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